martes, 6 de agosto de 2013

La jaula de metal



Yo nunca había visto a nadie tan feliz como ese día vi a Quetzalli. No sabía que los ojos de un alado podían brillar tanto. Tanto, que opacaban hasta el colorido plumaje que se desplegaba al viento y al sol esa tarde. Y eso, mis queridos lectores, es mucho decir. Nunca verán en la vida algo más bello que el plumaje de un alado. Hasta las flores más hermosas, las rosas, los lirios, las dalias, los tulipanes, el girasol y todas las demás consentidas del Creador, sienten un poco de envidia cuando un alado se posa cerca.
            Pero me estoy adelantando mucho en los hechos. La Quetzalli que hoy contemplo, no se parece en nada a esa apagada criatura que habitó durante meses tras los barrotes de la jaula de metal.
Los bosques nubosos en las épocas más frías del año, pueden resultar lugares muy hostiles para cualquier habitante de la selva. La espesa niebla, la humedad, las bajas temperaturas y el silencio, empiezan a abrirse paso entre la maleza, recorriendo cada rincón, surcando los huecos en la tierra, enroscándose entre los árboles, adueñándose de cada espacio y ser viviente. Si alzas la mirada, no podrás ver más allá de la copa de los árboles. La humedad y la niebla, el Rey y la Reina, amos y señores de esta época del año, se despliegan a sus anchas y recorren raudas las alturas, formando una capa impenetrable que imposibilita, exitosamente, la entrada de los rayos del sol. Es por eso que a la llegada de estas fechas, los alados buscan un refugio más seguro y emprenden vuelo a las tierras del calor, abajo, en las zonas del sur, donde dicen, brilla más el sol.
Las travesías al sur representan siempre un riesgo. Cruzar la espesa selva a más de un alado le ha costado la vida. Sin embargo, el ritual se repite cada año: en una mezcla entre entusiasmo y resignación, las criaturas emplumadas se reúnen en la copa del árbol más alto, la momentánea alharaca hace eco en todos los alrededores, las alas de despliegan, el plumaje se alborota, se agitan las ramas, se alza el vuelo y desaparecen, dejando atrás nidos y árboles, la bandada de majestuosos alados. 
Y es que no hay otra opción. Aquellos que han desertado y decidido no viajar al sur, no han vivido para contarlo. Los compañeros que al retorno del viaje, en las épocas más cálidas del bosque nuboso, buscan en vano a sus viejos amigos, encuentran en el mejor de los casos, una que otra pluma, ya olvidada, y único recuerdo de sus antiguos compañeros. La selva, se encarga de borrar el rastro de cualquier criatura incauta que en un momento de descuido, no ha escuchado las pisadas de un jaguar, no ha recordado el camino entre la niebla, no ha encontrado un refugio contra la humedad y el frío.
A diferencia de las épocas frías, el bosque nuboso en las épocas cálidas, es un lugar confortable. Cada año los alados se asientan en los troncos de los árboles, forman sus nidos y se reproducen. El clima es fresco y agradable, y se puede disfrutar de la luz del sol. Quetzalli vivió sus primeros días en esta selva, revoloteando de árbol en árbol, jugando entre las ramas, y de vez en cuando, bajando al río para lavar su brillante plumaje. Los alados, aunque tenemos piernas como las de los seres humanos, nos gusta más observar al mundo desde las alturas, y preferimos desplazarnos haciendo uso de nuestras flamantes alas, que son nuestro máximo orgullo.
Para esos felices días soleados, Quetzalli y yo ya éramos amigos. Los dos, jóvenes e inexpertos, pasábamos los días contemplando el verdor de nuestra amada selva, comparando sus verdes y rojas plumas, con las mías, un poco más azuladas. Disfrutábamos del sol, de la existencia esplendorosa y radiante que nos rodeaba, y de a momentos, creíamos ser los seres más afortunados del planeta, en medio de ese paraíso tropical que era nuestro hogar. Lo cierto es que ninguno de los dos había salido alguna vez de esa selva. Éramos muy jóvenes aún, recién empezábamos a vivir. A medida que el tiempo pasaba, escuchábamos a los alados mayores hablar de los cambios climáticos que se aproximaban, y del viaje al sur que todos debíamos de emprender, cuando de nuestra querida selva se adueñaran la niebla y el frío.
Cierta tarde, posados en la rama de un árbol y viendo el sol caer, dejé que mi imaginación volara hacia las tierras del sur. ¿Sería tan soleada como la describían? ¿Era acaso, más hermosa que nuestra amada selva?
- Ya se acerca la época de frío – Dije, dirigiéndome hacia Quetzalli – Pronto será la hora de partir al sur, ¿extrañarás la selva? – pregunté.
-El sur… - Quetzalli agitó su cabeza como tratando de sacar ese pensamiento – Yo solo sé que éste es mi hogar – y diciendo esto, se levantó y alzó el vuelo hacia otro árbol, dejándome solo con mis pensamientos.
Pasaron algunos días después de nuestro encuentro en el árbol sin que viera a Quetzalli. No tenía idea de donde podía estar y ningún otro alado parecía haberla visto. Por fin, al cuarto día Quetzalli apareció, se veía feliz, casi triunfante y yo no entendía por qué. Cuando le pregunté por su misteriosa desaparición y su extraña actitud, ella no quiso responder. Se limitó a sonreírme, a mirarme casi con algo de nostalgia y siguió hablando de la selva, de lo bonito que se veían las copas de los árboles cuando el sol las besaba por las mañanas.
Así pasé los últimos días de la época de calor, en compañía de una Quetzalli ausente, que parecía estar más en su propio mundo, soñando, imaginando, y cuando compartía algo conmigo, se limitaba a hablar de la selva, de lo maravilloso de sus colores, del sonido adormecedor del río en las noches. Aunque ella no lo decía, presentía que había algo retorciéndose en su interior, una especie de inquietud, de angustia. Y cuando la miraba a los ojos tratando de descifrar su mirada, rápidamente volteaba para no dejarse leer los pensamientos.
Por fin, el anhelado día en el que emprenderíamos viaje al sur, llegó. Yo ya estaba reunido con los demás alados, que esperaban la hora de alzar el vuelo. Miré a los árboles a mi derecha y a mi izquierda, ni un solo rastro de Quetzalli. Ni en el suelo, ni abajo en el valle, ni tampoco en el río. Supe en ese momento, que había decidido no viajar el sur y no pude evitar, al momento en que alcé el vuelo con el resto de mis compañeros, sentir como se destrozaba mi corazón, pues temía, no volver a ver nunca más a mi amiga. 
Tiempo después supe todo lo que realmente aconteció. Supe lo que ocurrió en los días que desapareció, supe del hallazgo de la misteriosa jaula, de sus miedos y sus inquietudes.
Los días que siguieron a nuestra charla en la rama del árbol, Quetzalli se dedicó a pasear por la selva, a explorar los rincones del que había sido nuestro amado hogar durante tantos meses. Yo no sé que estaría sintiendo en ese momento, solo sé que el viaje al sur la incomodaba, la inquietaba de alguna manera que yo no podía entender. Vagaba por los rincones, volaba de rama en rama, surcaba lo alto del cielo y luego descendía. Era una especie de frenesí, como si quisiera escapar de algo, algo que ella misma no podía descifrar.
-¿Por qué tengo que viajar al sur? Esta es mi casa, no necesito nada más – Se decía, mientras continuaba su errante andar por la selva – Mira lo verde que están las copas de los árboles, y el sonido del río al anochecer, ¿qué puedo yo necesitar del sur? Aquí lo tengo todo -.
Luego volaba a la punta de los árboles, y ya cuando se acercaba la noche, veía bajar la niebla que descendía desde las montañas. Entonces se estremecía, era una señal innegable de que el frío estaba cada vez más cerca y aunque quisiera evitarlo, ella sabía que no podría sobrevivir a la intemperie, a la humedad y a las bajas temperaturas que se avecinaban. Ahora que lo recuerdo, en aquella ocasión que la encontré, después de haber desaparecido por días en la espesa selva, le pregunté ¿qué tenía de malo el sur?, y ella se limitó a responderme: - No lo sé, no lo conozco.
En ese momento no lo pude entender, pero ahora todo tiene sentido. Lástima, hubiese podido ayudarla. 
Pues bien, el andar errante por la selva llevó a Quetzalli hasta las ruinas donde antaño, habitaron los humanos. Esas construcciones imponentes, piramidales y sólidas. Ahora le pertenecían a las enredaderas, a los musgos y cualquier planta que allí echara sus raíces. Quetzalli nunca había entrado en esas ruinas, de hecho ninguno de nosotros nos habíamos atrevido a penetrar en ellas. Por la selva corría el rumor de que en la época en que habitaban los humanos, esas construcciones fueron testigos de innumerables ritos y magias, magias que no deben ser invocadas nunca por algún ser viviente. Y como los alados somos seres sumamente cautelosos, ninguno sintió la necesidad de comprobar si por allí se paseaba todavía, alguna que otra magia, extraviada en el tiempo.
Tan fuera de sí estaba Quetzalli, que tratando de huir de una realidad que se avecinaba, terminó caminando de brazos abiertos hacía algo desconocido, oscuro, algo que sin duda era mucho peor. Y se adentró pues en las ruinas, a través de los pasillos y corredores. Recorrió desde las casas más humildes, hasta llegar al salón más alto de la pirámide, que se erguía en toda la cima de la gran colina. Y fue allí justamente donde encontró la jaula. Una jaula de metal, construida con oro brillante, y adornada por esmeraldas y rubíes. Era de mediano tamaño, y adentro, había un cojín cuidadosamente bordado, con franjas de todos los colores. Aquella jaula era sin duda un espectáculo hermoso, tuvo que pertenecer a alguien muy importante, a alguna reina quizás.
Mientras más observaba la jaula, más deseos sentía de entrar en ella. Pero antes de dejarse llevar por sus instintos, miró a su alrededor y vio que pronto anochecería, así que conteniéndose y un poco decepcionada, decidió marcharse. Se levantó, se volvió hacia la puerta del gran salón y para su sorpresa no estaba sola. Desde la puerta una criatura la observaba. Los ojos de Quetzalli no daban crédito a lo que veía. Era una especie de rata, pero su cabeza era la de una serpiente, para ser más preciso, la de una cobra. La criatura era escalofriante, y Quetzalli no podía ni moverse. Tan sólo se limitó a observarla y estudiarla. Lo mismo hizo la criatura con ella, que después de unos minutos, se dio la media vuelta y antes de marcharse le dijo:
-El refugio que tanto buscas está allí, frente a ti. En esta jaula no se pasa ni frío, ni hambre. No entra la niebla y tampoco la afecta la humedad. Sólo ella decide quién entra y quién sale. Y ella, te ha escogido a ti, tú puedes entrar. –
¿Cómo esa criatura sabía que ella estaba buscando un refugio? Estaba pasmada pensando en lo que acababa de escuchar cuando meditó para sí misma: – La jaula me ha elegido a mí… Yo puedo entrar… ¿Y salir? – pero cuando quiso preguntarle, ya la criatura había desaparecido.
Un poco aturdida por todo lo que había pasado, Quetzalli regresó a los árboles, a los hermosos árboles donde habitábamos. Tenía miedo por todo lo que había pasado en esa tarde. Todo era tan confuso que parecía un sueño, no podía entrar en esa jaula, menos después de haber visto a esa escalofriante criatura. Pero al caer la noche, mientras cerraba los ojos para conciliar el sueño, llegó hasta sus oídos el murmullo del río, el sonido del viento cuando roza las ramas y hace caer las hojas, y decidió, que no quería dejar nunca la selva. El día de la migración, entraría a la jaula. 
Lo demás ya pueden ustedes imaginarlo. Mientras yo alzaba el vuelo teniendo frente a mí el sol, en una de esas bellas tardes pintadas de rosa y naranja, ella se dirigía a las oscuras ruinas, en lo más espeso de la selva, para habitar en la jaula que sería su morada durante los siguientes meses.
Nada más llegar al gran salón en lo alto de la pirámide, Quetzalli se dirigió hacia la jaula. ¡Se veía tan bonita y reluciente!, justo como la primera vez que la había visto. Se encontraba ya frente a ella, cuando la puerta se abrió sola, como dándole la bienvenida e invitándola a pasar. No lo dudó dos veces y entró Quetzalli en la jaula.
Se acomodó y sintió lo suave que era su cojín. Se acostó, dio vueltas y hasta brincó en él. Era sin duda el cojín más cómodo que había probado alguna vez. De repente se percató que no había cerrado la puerta de la jaula cuando entró, así que extendió sus alas, tomó de los barrotes pero cuando trató de halarla, la puerta no cedió. Se mantuvo allí firme, sólida, como si fuese de piedra.
-Bueno – pensó – Ella me abrió la puerta para que entrara, así que será ella quien la cierre-.
Y como ya caía la noche, se acurrucó en el cojín, cerró sus ojos y se durmió.
A la mañana siguiente, Quetzalli abrió los ojos y observó a través de los barrotes y de los ventanales del gran salón, que abajo en la selva, la niebla ya estaba reclamando las tierras que ahora le pertenecían. El bosque se veía sombrío, los nubarrones avisaban que pronto llegaría la lluvia, y el sonido de sus gotas sólo alternaría de vez en cuando con el silencio sepulcral y desolador que caracterizaba esta fría época del año.
Casi no pudo reconocer a su hermosa selva vistiendo ese traje negro del que ahora hacía alarde. La recordaba con el sol que acariciaba a todos los seres vivientes, y con los sonidos alegres de las aves y el canto de los alados. Viéndola en esas condiciones, hasta extrañaba escuchar los temibles rugidos del jaguar.
-Lo importante es que estoy en la jaula – se dijo a sí misma – Aquí pasaré los meses resguardada, pronto mi hermosa selva volverá a ser como antes, y yo podré volar entre sus ramas, sintiendo el calor del sol – y como para terminar de convencerse, añadió: - Y lo mejor de todo: no tuve que viajar al sur. 
Transcurrieron algunos días. La jaula era cálida y proveía de alimentos a Quetzalli, que pasaba las horas cantando viejas canciones de alados, arreglando su hermoso plumaje y estirando su cuerpo. Como la jaula era de mediano tamaño, no podía revolotear mucho sin tropezarse con algún barrote, pero a ella no le molestaba pues se sentía muy cómoda.
Al cabo de unas semanas más, la puerta, que había permanecido abierta, se cerró bruscamente. Quetzalli inmediatamente se alarmó. Se acercó a la puerta y la empujo tratando de abrirla, pero esta estaba dura y firme, como cuando en aquella ocasión había tratado de cerrarla sin éxito alguno. Poco a poco trató de tranquilizarse diciendo:
-Abajo en la selva, cada vez hace más frío y llueve con más frecuencia. La jaula, me ha elegido para protegerme, y si se cerró, es para no permitir que entre ni la humedad ni el frío.- y diciendo esto, siguió cantando canciones de alados y revoloteando entre los barrotes.
No puedo decir con exactitud cuántos días pasaron hasta que Quetzalli se percató que, la jaula, poco a poco se había ido agrandando. Creo que ni ella misma sabría decir cuánto tiempo transcurrió, pero lo cierto es que ahora era más espaciosa y se podía mover con más comodidad. La puerta aún no cedía y ella tampoco había hecho el intento de abrirla nuevamente. Quetzalli, que ahora tenía más espacio para volar y la jaula seguía proveyéndole alimentos, se sentía repentinamente muy triste y no entendía por qué. Quizás ahora la jaula era más grande, pero adentro, hacía más frío. Un frío que no recordaba haber sentido nunca en el interior de ella. 
Desde la cima de la pirámide se podía contemplar la oscuridad aún reinante que envolvía los bosques. Habían pasado varios meses ya desde nuestra partida al sur, y desde que mi querida amiga se había confinado tras los barrotes de oro. La vida dentro de la jaula se volvía cada vez más asfixiante. Había aumentado en tamaño pero también la cantidad de barrotes se había multiplicado, y cada vez era más reducida la entrada de la escasa luz que se podía disfrutar en esa época del año. Quetzalli ya no cantaba, ya no se arreglaba las plumas y aunque tenía suficiente espacio, ya no revoloteaba. Siempre había tenido una mente inquieta, alegre, y soñadora; soñaba hasta despierta. Pero ahora, evitaba en la medida de lo posible hasta tener que pensar. Recordar los colores de las tardes de primavera en la selva, el murmullo del agua y las piedras del río, el trino de las aves y la cálida voz de sus compañeros ahora solo le dolía. E irónicamente, se preguntaba ¿Cómo sería el sur? Quizás, era tan bello que ni la selva en primavera vistiendo sus mejores flores pudiera compararse al paraíso que se escondía, más allá de las montañas que rodean nuestros bosques.
Ya de nada servía pensar en ello. Estaba encerrada en esa jaula, y así seguiría. Eso se repetía día y noche, acostada en el cojín que una vez fue blando como el algodón, y ahora se parecía más a un bloque de cemento. No sé si en ese tiempo pensó alguna vez en mí. Yo sí que pensé en ella, la extrañaba, me pesaba su ausencia y deseaba con todas mis fuerzas que al regresar, la encontrara viva.
La época de frío llegó a su fin y los alados, organizados en una gran bandada, volamos de regreso a nuestra selva. Para decepción mía, no encontré ni un solo rastro de Quetzalli. Visité todos los lugares que recorríamos cuando por el bosque jugábamos. Ni en la copa de los árboles, ni en las orillas del río. Ni en el suelo, ni en las cuevas. Ni siquiera una pluma de ella. Y yo, que siempre he sido un poco pesimista, di por perdida a mi gran amiga.
Y así pasaron nuevamente los meses. Los felices meses de la primavera, que llegó a la selva y con ella, toda la alegría, la bulla y los colores. El sol generoso, repartía su luz a diestra y siniestra y no había ni un solo ser viviente que no gozara de esa inmensa felicidad. Excepto uno. Uno que se encontraba en lo alto de la gran pirámide, lejos, en las antiguas ruinas del hombre.
La jaula tenía ahora un aspecto muy distinto. Los barrotes se habían multiplicado de manera tal que casi no se podía ver lo que había el interior. Y era allí justamente donde dormía, una criatura triste, tácita y sombría que abría los ojos de cuando en cuando, solamente para volverlos a cerrar y seguir en ese estado de ensueño que se asemejaba más a una pesadilla. Ni se había percatado de la llegada de la primavera. Quizás sus sentidos estuvieran fallando, o quizás ya la jaula no permitía que entrase ni siquiera el  más mínimo sonido.
La época cálida estaba llegando ya a su final y los alados preparábamos el próximo viaje al sur. Fue justamente el día de la migración cuando un milagro sucedió. Esa mañana volé hasta la copa del árbol más alto para despedirme del sol y de la selva. El sol, como si quisiera exhibir su belleza solo para mí, brilló más fuerte que nunca durante algunos minutos. Me invadió un extraño cosquilleo, y cuando dirigí la mirada hacia la gran pirámide al fondo de la colina, sentí una punzada en el estómago y a mi corazón palpitar rápidamente.
El sol había brillado tan poderosamente aquella mañana que ni siquiera la jaula había sido capaz de detenerlo, y a través de una de las estrechas rendijas, se coló un rayo de luz que fue a dar sobre Quetzalli. El calor, sensación que hacía tiempo no experimentaba, hizo que abriera los ojos de inmediato, para contemplar boquiabierta como el sol iluminaba directamente sobre su hermoso plumaje. No podía recordar la última vez que sus plumas verdes y rojas habían desprendido tan hermosos colores en contacto con la luz. El espectáculo duró algunos minutos, minutos en los que Quetzalli no apartó sus ojos embelesados del sol y sus plumas. Por fin, el brillo disminuyó, y la jaula quedó nuevamente a oscuras.
Por un momento dudó, y pensó que todo había sido un sueño, un delirio fugaz en medio de esa gris pesadilla. Pero una fuerza aún más poderosa que la misma duda surgió de su interior y la arrastró a través de la jaula hasta llegar a los barrotes. Observó por la rendija y para su sorpresa ¡el sol brillaba en el exterior!, los pájaros planeaban entre las copas de los árboles, el cielo se teñía de naranja. Escuchó también al viento que agitaba las ramas, y el canto melodioso de los alados. Eufórica, empezó a volar de un lado a otro, el pecho le iba a estallar de la felicidad. ¿Cuánto tiempo habría pasado?, ¡ya no importaba!, el sol brillaba, volvería a ver sus amigos, y esta vez viajaría al sur. ¡No volvería a vivir en la oscuridad nunca más!
La criatura emplumada cantaba y revoloteaba enloquecida. Y a medida que la emoción y la alegría aumentaban en su corazón, entraba más y más luz en la jaula. Poco a poco los rayos fueron inundando aquel lugar, y sus plumas brillaban radiantes otra vez. Cerró los ojos para sentir el calor del sol besando sus mejillas y cuando los abrió nuevamente, las lágrimas resbalaban sobre su rostro. Quetzalli era feliz nuevamente. 
Esa tarde, cuando nos disponíamos a partir, se posó ante mí un alado. Era Quetzalli. Pensé que estaba soñando, o que me estaba volviendo loco, y sin embargo allí permaneció, era real, era ella. Tal y como la recuerdo, hermosa y colorida. Pero había algo más, había un brillo que provenía de sus ojos que opacaba hasta el plumaje colorido de su cuerpo. Me habló de lo emocionada que estaba por viajar al sur, me miró como antes, con una sonrisa cálida y cariñosa y alzó el vuelo antes que yo, dejándome atónito y conmocionado. La tarde estaba teñida de rosa y naranja, el viento agitaba los árboles y atrás dejábamos la selva, que despedía con sus últimos colores primaverales a la bandada de alados, con el sol brillando en el horizonte y la ilusión de los cálidos paisajes del sur que nos esperaban tras las altas montañas.
Quetzalli nunca me contó con exactitud lo que había pasado, creo que a ella no le gustaba hablar de eso. La única vez que le pregunté se limitó a contestarme:
- El miedo es una jaula de metal. Una jaula que se oxida rápidamente en la medida en que lo enfrentamos, o que por el contrario, forja más barrotes cuando en vano tratamos de  huir de él - .


Susana Do Carmo
(alumna del taller de cuento de la Biblioteca Los Palos Grandes)





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