Yo nunca había visto a nadie tan feliz como ese
día vi a Quetzalli. No sabía que los ojos de un alado podían brillar tanto.
Tanto, que opacaban hasta el colorido plumaje que se desplegaba al viento y al
sol esa tarde. Y eso, mis queridos lectores, es mucho decir. Nunca verán en la
vida algo más bello que el plumaje de un alado. Hasta las flores más hermosas, las
rosas, los lirios, las dalias, los tulipanes, el girasol y todas las demás
consentidas del Creador, sienten un poco de envidia cuando un alado se posa
cerca.
Pero me estoy adelantando mucho en
los hechos. La Quetzalli que hoy contemplo, no se parece en nada a esa apagada
criatura que habitó durante meses tras los barrotes de la jaula de metal.
Los bosques nubosos en las épocas más frías del
año, pueden resultar lugares muy hostiles para cualquier habitante de la selva.
La espesa niebla, la humedad, las bajas temperaturas y el silencio, empiezan a
abrirse paso entre la maleza, recorriendo cada rincón, surcando los huecos en
la tierra, enroscándose entre los árboles, adueñándose de cada espacio y ser
viviente. Si alzas la mirada, no podrás ver más allá de la copa de los árboles.
La humedad y la niebla, el Rey y la Reina, amos y señores de esta época del
año, se despliegan a sus anchas y recorren raudas las alturas, formando una
capa impenetrable que imposibilita, exitosamente, la entrada de los rayos del
sol. Es por eso que a la llegada de estas fechas, los alados buscan un refugio
más seguro y emprenden vuelo a las tierras del calor, abajo, en las zonas del
sur, donde dicen, brilla más el sol.
Las travesías al sur representan siempre un
riesgo. Cruzar la espesa selva a más de un alado le ha costado la vida. Sin
embargo, el ritual se repite cada año: en una mezcla entre entusiasmo y
resignación, las criaturas emplumadas se reúnen en la copa del árbol más alto,
la momentánea alharaca hace eco en todos los alrededores, las alas de
despliegan, el plumaje se alborota, se agitan las ramas, se alza el vuelo y
desaparecen, dejando atrás nidos y árboles, la bandada de majestuosos
alados.
Y es que no hay otra opción. Aquellos que han
desertado y decidido no viajar al sur, no han vivido para contarlo. Los
compañeros que al retorno del viaje, en las épocas más cálidas del bosque
nuboso, buscan en vano a sus viejos amigos, encuentran en el mejor de los
casos, una que otra pluma, ya olvidada, y único recuerdo de sus antiguos
compañeros. La selva, se encarga de borrar el rastro de cualquier criatura
incauta que en un momento de descuido, no ha escuchado las pisadas de un
jaguar, no ha recordado el camino entre la niebla, no ha encontrado un refugio
contra la humedad y el frío.
A diferencia de las épocas frías, el bosque
nuboso en las épocas cálidas, es un lugar confortable. Cada año los alados se
asientan en los troncos de los árboles, forman sus nidos y se reproducen. El
clima es fresco y agradable, y se puede disfrutar de la luz del sol. Quetzalli vivió
sus primeros días en esta selva, revoloteando de árbol en árbol, jugando entre
las ramas, y de vez en cuando, bajando al río para lavar su brillante plumaje.
Los alados, aunque tenemos piernas como las de los seres humanos, nos gusta más
observar al mundo desde las alturas, y preferimos desplazarnos haciendo uso de
nuestras flamantes alas, que son nuestro máximo orgullo.
Para esos felices días soleados, Quetzalli y yo
ya éramos amigos. Los dos, jóvenes e inexpertos, pasábamos los días
contemplando el verdor de nuestra amada selva, comparando sus verdes y rojas
plumas, con las mías, un poco más azuladas. Disfrutábamos del sol, de la
existencia esplendorosa y radiante que nos rodeaba, y de a momentos, creíamos
ser los seres más afortunados del planeta, en medio de ese paraíso tropical que
era nuestro hogar. Lo cierto es que ninguno de los dos había salido alguna vez
de esa selva. Éramos muy jóvenes aún, recién empezábamos a vivir. A medida que
el tiempo pasaba, escuchábamos a los alados mayores hablar de los cambios
climáticos que se aproximaban, y del viaje al sur que todos debíamos de emprender,
cuando de nuestra querida selva se adueñaran la niebla y el frío.
Cierta tarde, posados en la rama de un árbol y
viendo el sol caer, dejé que mi imaginación volara hacia las tierras del sur. ¿Sería tan soleada como la describían? ¿Era
acaso, más hermosa que nuestra amada selva?
- Ya se acerca la época de frío – Dije,
dirigiéndome hacia Quetzalli – Pronto será la hora de partir al sur,
¿extrañarás la selva? – pregunté.
-El sur… - Quetzalli agitó su cabeza como
tratando de sacar ese pensamiento – Yo solo sé que éste es mi hogar – y
diciendo esto, se levantó y alzó el vuelo hacia otro árbol, dejándome solo con
mis pensamientos.
Pasaron algunos días después de nuestro
encuentro en el árbol sin que viera a Quetzalli. No tenía idea de donde podía
estar y ningún otro alado parecía haberla visto. Por fin, al cuarto día
Quetzalli apareció, se veía feliz, casi triunfante y yo no entendía por qué.
Cuando le pregunté por su misteriosa desaparición y su extraña actitud, ella no
quiso responder. Se limitó a sonreírme, a mirarme casi con algo de nostalgia y
siguió hablando de la selva, de lo bonito que se veían las copas de los árboles
cuando el sol las besaba por las mañanas.
Así pasé los últimos días de la época de calor,
en compañía de una Quetzalli ausente, que parecía estar más en su propio mundo,
soñando, imaginando, y cuando compartía algo conmigo, se limitaba a hablar de
la selva, de lo maravilloso de sus colores, del sonido adormecedor del río en las
noches. Aunque ella no lo decía, presentía que había algo retorciéndose en su
interior, una especie de inquietud, de angustia. Y cuando la miraba a los ojos
tratando de descifrar su mirada, rápidamente volteaba para no dejarse leer los
pensamientos.
Por fin, el anhelado día en el que
emprenderíamos viaje al sur, llegó. Yo ya estaba reunido con los demás alados,
que esperaban la hora de alzar el vuelo. Miré a los árboles a mi derecha y a mi
izquierda, ni un solo rastro de Quetzalli. Ni en el suelo, ni abajo en el
valle, ni tampoco en el río. Supe en ese momento, que había decidido no viajar
el sur y no pude evitar, al momento en que alcé el vuelo con el resto de mis
compañeros, sentir como se destrozaba mi corazón, pues temía, no volver a ver
nunca más a mi amiga.
Tiempo después supe todo lo que realmente
aconteció. Supe lo que ocurrió en los días que desapareció, supe del hallazgo
de la misteriosa jaula, de sus miedos y sus inquietudes.
Los días que siguieron a nuestra charla en la
rama del árbol, Quetzalli se dedicó a pasear por la selva, a explorar los
rincones del que había sido nuestro amado hogar durante tantos meses. Yo no sé
que estaría sintiendo en ese momento, solo sé que el viaje al sur la
incomodaba, la inquietaba de alguna manera que yo no podía entender. Vagaba por
los rincones, volaba de rama en rama, surcaba lo alto del cielo y luego
descendía. Era una especie de frenesí, como si quisiera escapar de algo, algo
que ella misma no podía descifrar.
-¿Por qué tengo que viajar al sur? Esta es mi
casa, no necesito nada más – Se decía, mientras continuaba su errante andar por
la selva – Mira lo verde que están las copas de los árboles, y el sonido del
río al anochecer, ¿qué puedo yo
necesitar del sur? Aquí lo tengo todo -.
Luego volaba a la punta de los árboles, y ya
cuando se acercaba la noche, veía bajar la niebla que descendía desde las
montañas. Entonces se estremecía, era una señal innegable de que el frío estaba
cada vez más cerca y aunque quisiera evitarlo, ella sabía que no podría
sobrevivir a la intemperie, a la humedad y a las bajas temperaturas que se
avecinaban. Ahora que lo recuerdo, en aquella ocasión que la encontré, después
de haber desaparecido por días en la espesa selva, le pregunté ¿qué tenía de malo el sur?, y ella se
limitó a responderme: - No lo sé, no lo conozco.
En ese momento no lo pude entender, pero ahora
todo tiene sentido. Lástima, hubiese podido ayudarla.
Pues bien, el andar errante por la selva llevó
a Quetzalli hasta las ruinas donde antaño, habitaron los humanos. Esas construcciones
imponentes, piramidales y sólidas. Ahora le pertenecían a las enredaderas, a
los musgos y cualquier planta que allí echara sus raíces. Quetzalli nunca había
entrado en esas ruinas, de hecho ninguno de nosotros nos habíamos atrevido a
penetrar en ellas. Por la selva corría el rumor de que en la época en que
habitaban los humanos, esas construcciones fueron testigos de innumerables ritos
y magias, magias que no deben ser invocadas nunca por algún ser viviente. Y
como los alados somos seres sumamente cautelosos, ninguno sintió la necesidad
de comprobar si por allí se paseaba todavía, alguna que otra magia, extraviada
en el tiempo.
Tan fuera de sí estaba Quetzalli, que tratando
de huir de una realidad que se avecinaba, terminó caminando de brazos abiertos
hacía algo desconocido, oscuro, algo que sin duda era mucho peor. Y se adentró
pues en las ruinas, a través de los pasillos y corredores. Recorrió desde las
casas más humildes, hasta llegar al salón más alto de la pirámide, que se
erguía en toda la cima de la gran colina. Y fue allí justamente donde encontró
la jaula. Una jaula de metal, construida con oro brillante, y adornada por
esmeraldas y rubíes. Era de mediano tamaño, y adentro, había un cojín
cuidadosamente bordado, con franjas de todos los colores. Aquella jaula era sin
duda un espectáculo hermoso, tuvo que pertenecer a alguien muy importante, a
alguna reina quizás.
Mientras más observaba la jaula, más deseos
sentía de entrar en ella. Pero antes de dejarse llevar por sus instintos, miró
a su alrededor y vio que pronto anochecería, así que conteniéndose y un poco
decepcionada, decidió marcharse. Se levantó, se volvió hacia la puerta del gran
salón y para su sorpresa no estaba sola. Desde la puerta una criatura la
observaba. Los ojos de Quetzalli no daban crédito a lo que veía. Era una
especie de rata, pero su cabeza era la de una serpiente, para ser más preciso,
la de una cobra. La criatura era escalofriante, y Quetzalli no podía ni moverse.
Tan sólo se limitó a observarla y estudiarla. Lo mismo hizo la criatura con
ella, que después de unos minutos, se dio la media vuelta y antes de marcharse
le dijo:
-El refugio que tanto buscas está
allí, frente a ti. En esta jaula no se pasa ni frío, ni hambre. No entra la
niebla y tampoco la afecta la humedad. Sólo ella decide quién entra y quién
sale. Y ella, te ha escogido a ti, tú puedes entrar. –
¿Cómo
esa criatura sabía que ella estaba buscando un refugio? Estaba pasmada pensando
en lo que acababa de escuchar cuando meditó para sí misma: – La jaula me ha
elegido a mí… Yo puedo entrar… ¿Y salir? – pero cuando quiso preguntarle, ya la
criatura había desaparecido.
Un poco aturdida por todo lo que había pasado,
Quetzalli regresó a los árboles, a los hermosos árboles donde habitábamos.
Tenía miedo por todo lo que había pasado en esa tarde. Todo era tan confuso que
parecía un sueño, no podía entrar en esa jaula, menos después de haber visto a
esa escalofriante criatura. Pero al caer la noche, mientras cerraba los ojos
para conciliar el sueño, llegó hasta sus oídos el murmullo del río, el sonido
del viento cuando roza las ramas y hace caer las hojas, y decidió, que no
quería dejar nunca la selva. El día de la migración, entraría a la jaula.
Lo demás ya pueden ustedes imaginarlo. Mientras
yo alzaba el vuelo teniendo frente a mí el sol, en una de esas bellas tardes
pintadas de rosa y naranja, ella se dirigía a las oscuras ruinas, en lo más
espeso de la selva, para habitar en la jaula que sería su morada durante los
siguientes meses.
Nada más llegar al gran salón en lo alto de la
pirámide, Quetzalli se dirigió hacia la jaula. ¡Se veía tan bonita y
reluciente!, justo como la primera vez que la había visto. Se encontraba ya
frente a ella, cuando la puerta se abrió sola, como dándole la bienvenida e
invitándola a pasar. No lo dudó dos veces y entró Quetzalli en la jaula.
Se acomodó y sintió lo suave que era su cojín.
Se acostó, dio vueltas y hasta brincó en él. Era sin duda el cojín más cómodo
que había probado alguna vez. De repente se percató que no había cerrado la
puerta de la jaula cuando entró, así que extendió sus alas, tomó de los
barrotes pero cuando trató de halarla, la puerta no cedió. Se mantuvo allí
firme, sólida, como si fuese de piedra.
-Bueno – pensó – Ella me abrió la puerta para
que entrara, así que será ella quien la cierre-.
Y como ya caía la noche, se acurrucó en el
cojín, cerró sus ojos y se durmió.
A la mañana siguiente, Quetzalli abrió los ojos
y observó a través de los barrotes y de los ventanales del gran salón, que
abajo en la selva, la niebla ya estaba reclamando las tierras que ahora le pertenecían.
El bosque se veía sombrío, los nubarrones avisaban que pronto llegaría la lluvia,
y el sonido de sus gotas sólo alternaría de vez en cuando con el silencio
sepulcral y desolador que caracterizaba esta fría época del año.
Casi no pudo reconocer a su hermosa selva
vistiendo ese traje negro del que ahora hacía alarde. La recordaba con el sol
que acariciaba a todos los seres vivientes, y con los sonidos alegres de las
aves y el canto de los alados. Viéndola en esas condiciones, hasta extrañaba
escuchar los temibles rugidos del jaguar.
-Lo importante es que estoy en la jaula – se
dijo a sí misma – Aquí pasaré los meses resguardada, pronto mi hermosa selva
volverá a ser como antes, y yo podré volar entre sus ramas, sintiendo el calor
del sol – y como para terminar de convencerse, añadió: - Y lo mejor de todo: no
tuve que viajar al sur.
Transcurrieron algunos días. La jaula era
cálida y proveía de alimentos a Quetzalli, que pasaba las horas cantando viejas
canciones de alados, arreglando su hermoso plumaje y estirando su cuerpo. Como
la jaula era de mediano tamaño, no podía revolotear mucho sin tropezarse con
algún barrote, pero a ella no le molestaba pues se sentía muy cómoda.
Al cabo de unas semanas más, la puerta, que
había permanecido abierta, se cerró bruscamente. Quetzalli inmediatamente se
alarmó. Se acercó a la puerta y la empujo tratando de abrirla, pero esta estaba
dura y firme, como cuando en aquella ocasión había tratado de cerrarla sin
éxito alguno. Poco a poco trató de tranquilizarse diciendo:
-Abajo en la selva, cada vez hace más frío y
llueve con más frecuencia. La jaula, me ha elegido para protegerme, y si se
cerró, es para no permitir que entre ni la humedad ni el frío.- y diciendo
esto, siguió cantando canciones de alados y revoloteando entre los barrotes.
No puedo decir con exactitud cuántos días
pasaron hasta que Quetzalli se percató que, la jaula, poco a poco se había ido
agrandando. Creo que ni ella misma sabría decir cuánto tiempo transcurrió, pero
lo cierto es que ahora era más espaciosa y se podía mover con más comodidad. La
puerta aún no cedía y ella tampoco había hecho el intento de abrirla nuevamente.
Quetzalli, que ahora tenía más espacio para volar y la jaula seguía
proveyéndole alimentos, se sentía repentinamente muy triste y no entendía por
qué. Quizás ahora la jaula era más grande, pero adentro, hacía más frío. Un
frío que no recordaba haber sentido nunca en el interior de ella.
Desde la cima de la pirámide se podía
contemplar la oscuridad aún reinante que envolvía los bosques. Habían pasado
varios meses ya desde nuestra partida al sur, y desde que mi querida amiga se
había confinado tras los barrotes de oro. La vida dentro de la jaula se volvía
cada vez más asfixiante. Había aumentado en tamaño pero también la cantidad de
barrotes se había multiplicado, y cada vez era más reducida la entrada de la
escasa luz que se podía disfrutar en esa época del año. Quetzalli ya no
cantaba, ya no se arreglaba las plumas y aunque tenía suficiente espacio, ya no
revoloteaba. Siempre había tenido una mente inquieta, alegre, y soñadora;
soñaba hasta despierta. Pero ahora, evitaba en la medida de lo posible hasta
tener que pensar. Recordar los colores de las tardes de primavera en la selva,
el murmullo del agua y las piedras del río, el trino de las aves y la cálida
voz de sus compañeros ahora solo le dolía. E irónicamente, se preguntaba ¿Cómo
sería el sur? Quizás, era tan bello que ni la selva en primavera vistiendo sus
mejores flores pudiera compararse al paraíso que se escondía, más allá de las
montañas que rodean nuestros bosques.
Ya de nada servía pensar en ello. Estaba
encerrada en esa jaula, y así seguiría. Eso se repetía día y noche, acostada en
el cojín que una vez fue blando como el algodón, y ahora se parecía más a un
bloque de cemento. No sé si en ese tiempo pensó alguna vez en mí. Yo sí que
pensé en ella, la extrañaba, me pesaba su ausencia y deseaba con todas mis
fuerzas que al regresar, la encontrara viva.
La época de frío llegó a su fin y los alados,
organizados en una gran bandada, volamos de regreso a nuestra selva. Para
decepción mía, no encontré ni un solo rastro de Quetzalli. Visité todos los
lugares que recorríamos cuando por el bosque jugábamos. Ni en la copa de los
árboles, ni en las orillas del río. Ni en el suelo, ni en las cuevas. Ni
siquiera una pluma de ella. Y yo, que siempre he sido un poco pesimista, di por
perdida a mi gran amiga.
Y así pasaron nuevamente los meses. Los felices
meses de la primavera, que llegó a la selva y con ella, toda la alegría, la
bulla y los colores. El sol generoso, repartía su luz a diestra y siniestra y
no había ni un solo ser viviente que no gozara de esa inmensa felicidad.
Excepto uno. Uno que se encontraba en lo alto de la gran pirámide, lejos, en
las antiguas ruinas del hombre.
La jaula tenía ahora un aspecto muy distinto.
Los barrotes se habían multiplicado de manera tal que casi no se podía ver lo
que había el interior. Y era allí justamente donde dormía, una criatura triste,
tácita y sombría que abría los ojos de cuando en cuando, solamente para
volverlos a cerrar y seguir en ese estado de ensueño que se asemejaba más a una
pesadilla. Ni se había percatado de la llegada de la primavera. Quizás sus sentidos
estuvieran fallando, o quizás ya la jaula no permitía que entrase ni siquiera
el más mínimo sonido.
La época cálida estaba llegando ya a su final y
los alados preparábamos el próximo viaje al sur. Fue justamente el día de la
migración cuando un milagro sucedió. Esa mañana volé hasta la copa del árbol
más alto para despedirme del sol y de la selva. El sol, como si quisiera
exhibir su belleza solo para mí, brilló más fuerte que nunca durante algunos
minutos. Me invadió un extraño cosquilleo, y cuando dirigí la mirada hacia la
gran pirámide al fondo de la colina, sentí una punzada en el estómago y a mi
corazón palpitar rápidamente.
El sol había brillado tan poderosamente aquella
mañana que ni siquiera la jaula había sido capaz de detenerlo, y a través de
una de las estrechas rendijas, se coló un rayo de luz que fue a dar sobre
Quetzalli. El calor, sensación que hacía tiempo no experimentaba, hizo que
abriera los ojos de inmediato, para contemplar boquiabierta como el sol
iluminaba directamente sobre su hermoso plumaje. No podía recordar la última
vez que sus plumas verdes y rojas habían desprendido tan hermosos colores en
contacto con la luz. El espectáculo duró algunos minutos, minutos en los que
Quetzalli no apartó sus ojos embelesados del sol y sus plumas. Por fin, el
brillo disminuyó, y la jaula quedó nuevamente a oscuras.
Por un momento dudó, y pensó que todo había
sido un sueño, un delirio fugaz en medio de esa gris pesadilla. Pero una fuerza
aún más poderosa que la misma duda surgió de su interior y la arrastró a través
de la jaula hasta llegar a los barrotes. Observó por la rendija y para su
sorpresa ¡el sol brillaba en el exterior!, los pájaros planeaban entre las copas
de los árboles, el cielo se teñía de naranja. Escuchó también al viento que
agitaba las ramas, y el canto melodioso de los alados. Eufórica, empezó a volar
de un lado a otro, el pecho le iba a estallar de la felicidad. ¿Cuánto tiempo
habría pasado?, ¡ya no importaba!, el sol brillaba, volvería a ver sus amigos,
y esta vez viajaría al sur. ¡No volvería a vivir en la oscuridad nunca más!
La criatura emplumada cantaba y revoloteaba
enloquecida. Y a medida que la emoción y la alegría aumentaban en su corazón,
entraba más y más luz en la jaula. Poco a poco los rayos fueron inundando aquel
lugar, y sus plumas brillaban radiantes otra vez. Cerró los ojos para sentir el
calor del sol besando sus mejillas y cuando los abrió nuevamente, las lágrimas
resbalaban sobre su rostro. Quetzalli era feliz nuevamente.
Esa tarde, cuando nos disponíamos a partir, se
posó ante mí un alado. Era Quetzalli. Pensé que estaba soñando, o que me estaba
volviendo loco, y sin embargo allí permaneció, era real, era ella. Tal y como
la recuerdo, hermosa y colorida. Pero había algo más, había un brillo que
provenía de sus ojos que opacaba hasta el plumaje colorido de su cuerpo. Me
habló de lo emocionada que estaba por viajar al sur, me miró como antes, con
una sonrisa cálida y cariñosa y alzó el vuelo antes que yo, dejándome atónito y
conmocionado. La tarde estaba teñida de rosa y naranja, el viento agitaba los
árboles y atrás dejábamos la selva, que despedía con sus últimos colores primaverales
a la bandada de alados, con el sol brillando en el horizonte y la ilusión de
los cálidos paisajes del sur que nos esperaban tras las altas montañas.
Quetzalli nunca me contó con exactitud lo que
había pasado, creo que a ella no le gustaba hablar de eso. La única vez que le
pregunté se limitó a contestarme:
- El miedo es una jaula de metal. Una jaula que
se oxida rápidamente en la medida en que lo enfrentamos, o que por el
contrario, forja más barrotes cuando en vano tratamos de huir de él - .
Susana Do Carmo
(alumna del taller de cuento de la Biblioteca Los Palos Grandes)
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