jueves, 22 de agosto de 2013
viernes, 16 de agosto de 2013
Pequeños lectores y escritores 3. Cuentos fantásticos
MI GRAN EXPERIENCIA
Yo me llamo Carla, ahora tengo 45 años, les contaré algo
que marcó mi vida desde los 7 hasta los 25 años, así que quise compartirlo con
ustedes:
Cuando yo estaba en primer grado, como vivía en África la
educación era muy escasa, los profesores apenas sabían leer y escribir. El 28
de febrero, justo el día de mi
cumpleaños, en el colegio nos leyeron un cuento acerca de la tumba de
Tutankhamon, y decía que en esa tumba había un gran tesoro escondido, en el
piso más alto donde estaba la tumba, yo emocionada por las maravillas de
tesoros que contaban, llegué a mi casa contándole a mi familia aquel cuento. En
la noche, cuando ya estaba acostada, se me ocurrió una gran idea, decidí ir a
buscar la gran tumba, como me habían dicho que estaba en lo más alto de la
pirámide, me percaté, y me llevé una escalera, que no pesaba mucho y una
botellita de agua. Y emprendí mi búsqueda. Cuando ya estaba cayendo la noche
volvía a mi casa desanimada porque no había encontrado nada más, no me rendí y
desde ese día, sin falta, después de llegar del colegio, Esto lo hice durante
18 años, hasta el día de mi cumpleaños 25, ese día decidí irme, para dormir en
el desierto hasta encontrar la tumba, me preparé y empecé mi caminata, sentía
el sol que me quemaba la piel, había kilómetros y kilómetros de arena, tuve que
enfrentar muchas tormentas de arena y más. Cuando después de dos meses vi una
montaña de arena de la cual sobresalía un pico puntiagudo, en ese momento
aceleré un poco el paso y cada vez más, hasta llegar a correr, luego contemplé
frente a mis ojos una gran pirámide, al principio me sentía algo nerviosa, pero
me llené de valentía y entré. Al entrar vi todo oscuro, pero cada vez que
entraba más, más luz veía. Al llegar al centro de la pirámide un montón de
trampas se me venían encima, hasta que cuando ya estaba decidida a salir, me
tropecé con un cofre y al abrirlo encontré muchísimos objetos de oro, pero en
el fondo del cofre había una nota que decía:
"No tocar o sufrirás las consecuencias"
Yo asustada por lo que había leído, decidí salir de la
pirámide, y al llegar a mi casa le conté a mi familia lo que había visto y
aunque nadie me creyó, yo sabía que todo eso era cierto. Hoy en día, todas las
noches sigo soñando y recordando lo que vi ese día tan especial.
Andrea Abate, 10 años
LAS VACACIONES EN 4 DÍAS
Un día una familia salió de vacaciones a la isla de
Margarita por 4 días.
Primer día: La familia fue a
una selva en una lancha, la niña vio algo brillante dentro de la selva y fue
con su tío a ver qué era y pensaron que era un diamante muy grande, pero cuando
llegaron allá se dieron cuenta de que era una bolsa y adentro tenía un cuadro
de una casa, pero la casa era muy extraña; así que decidieron averiguar más
sobre ese cuadro, pero tenían que irse porque ya era tarde.
Segundo día: Siguieron
averiguando más sobre ese cuadro y resulta que se acercaron mucho y se
difuminizaron, o sea, se metieron dentro del cuadro. Esa casa era muy peligrosa
y muy rara. Ellos tuvieron mucho miedo, y ellos trataron de buscar una manera
de salir de ahí.
Tercer día: Había amanecido
y todavía seguían atrapados ahí, entonces por fin encontraron una manera de
salir de esa casa. Para salir de ese cuadro tenían que entrar en una habitación
donde habían cuatro puertas y una de esas puertas los iba a sacar de ahí.
Cuarto día: Entonces los dos
tenían que tomar una decisión, para elegir la puerta correcta. Tenían que
decidir entre la puerta nº 1, Nº 2, Nº 3, Nº 4. Entonces la niña escogió la
puerta Nº 2 y la abrieron y sí salieron del cuadro. Cuadro llegaron a su casa
prometieron no decir nada de lo que les había pasado.
Daniela Morales, 13 años
TURISMO EN LA SELVA DE
VENEZUELA
Un día yo fui a la selva a hacer turismo, fue demasiado
divertido. Ese día me encontré muchas cosas, una de todas esas cosas fueron las
plantas extrañas y muy extrañas, árboles grandes. La montaña se veía desde
lejos, en fin, me pasó algo terrible.
Cuando estaba viendo la montaña me tropecé con una roca
medio grande y me caí fuerte, bueno, nada grave me pasó, sólo tuve un morado
grande, seguí caminando y me perdí en la selva y estaba oscureciendo, era
terrible lo que me había pasado. Y, ¿tú sabes cómo regresé? No, bueno, fue muy fácil,
con mi brújula que me guía al norte, donde estaban mis otros compañeros.
Stephany Pérez Bastidas, 8
años
DANIEL ALEJANDRO DELFÍN
Érase una vez, la historia de un niño soñador llamado
Daniel Alejandro Delfín, él soñaba con montar una ola perfecta, pero cuando los
peces y otras criaturas del mar dejaron de soñar, el mar perdía su magia.
Cuando decidió abandonar la tribu lo arrastró una ola y
no sabía dónde estaba, hizo una amiga que era una mantarraya. Que era una
mensajera del mar.
Luego el joven delfín fue a buscar su ola.
Después se quedó dormido, cuando despertó se encontró a
un calamar, se hizo su amigo. Pero para la pesadilla de Daniel los estaba
persiguiendo una barracuda gigante. Y empezó la persecución. Pero lograron
escapar.
Fueron donde Cerebro, un pulpo que les iba a decir cuándo
era el eclipse pero, tenían prisa, el pulpo no los dejaba salir y escapar.
Daniel pelió y le ganó a la barracuda, después llegó a su
destino, era la ola más grande del mundo.
Cuando la pasó, hizo un impactó en todos los peces del
mundo y desde ese entonces todos volvieron a soñar.
Daniel Alejandro Morales, 11 años
LAS MIL CAÍDAS
Johny se mudaba a la isla de Tenerife. Al salir del avión
se cayó cuando aterrizó y se metió un tortazo. Al salir del hospital se mejoró
y se compró una patineta 3000.
Pero no crean que se divirtió mucho. Déjenme darles un
consejo:
1. Patinen con casco y no
patinen en campos de rosas. Johny lo hizo y gracias a Dios tenía seguro médico.
2. Tampoco lo deberían intentar
en la calle, ni hablar de los carros, pero a veces las alcantarillas abiertas…
Descansó un rato, y fue a un lugar de patinar, pero la
lesión fue fea.
Ustedes dirían que dejó de patinar, pero no lo hizo y lo
sé al mirar la casa del señor Berry, el hueco en su ventana.
Ahora ya usa silla de ruedas, y no usa patineta, ya no es
el de antes, ya no hace sus acrobacias…bueno casi no las hace…
Sebastián Díaz, 11 años
EL HOGAR DE LA MALDICIÓN
Un día una tribu que vivía en Canaima le tocó mudarse a
otro lugar porque encontraron una mujer
muy rara muerta y al instante un hombre de la tribu dijo que era una maldición
y que tenían que irse de ese lugar de inmediato. Cayó al piso muerto. Como
todos se asustaron tomaron esa decisión de irse a otro lado. Después de tanto
caminar llegaron a un río y dijeron:
—Si cruzamos al otro lado no habrá maldición. Y así se
hizo, todo el mundo cruzó el río y prohibieron ir al otro lado, pues lo
llamaron Tenebroso.
Después de varios años ya casi nadie se acordaba de la
maldición. Hasta que un día en la noche, mientras todos estaban alrededor de
una hoguera, contando cuentos de terror, se oyó una voz que decía:
—Ayuda, ayuda, por favor ayúdenme ayúdenme. Todo el mundo
salió corriendo a ver quién era, pero cuando llegaron no había nadie.
Al regresar vieron una mujer sentada frente a la hoguera,
estaba toda mojada y temblando de frío, al darle una manta para que se secara
ella dijo:
—¿Por qué lo hicieron?.
Nadie sabía de qué hablaba, hasta que gritó y agarró una
jovencita y se la llevó al otro lado; esa noche nadie durmió pues se acordaron
de la maldición.
Al día siguiente escogieron a los hombres más valientes
para que fueran a buscar a la joven, si es que estaba viva. Los hombres fueron
y al anochecer no había encontrado nada de nada; al amanecer fueron a ver si
estaba en el viejo templo. Cuando llegaron la vieron tirada en el piso toda mal
herida, la agarraron y cuando se la iban a llevar apareció la mujer y dijo:
—Al venir aquí marcaron su muerte. Y se les abalanzó
encima. Todos salieron corriendo y al llegar a la orilla la cruzaron
rápidamente y pasaron; al llegar a la otra orilla dijo:
—De los 8 hombres que fuimos sólo he vuelto yo y la
chica. Después de curarla recogieron todo y partieron hacia otro lugar.
Luego de varias horas llegaron a otro río y esa misma
noche volvió a venir la mujer y esta vez mató a 2 niños, 5 hombres y 3 mujeres.
A la mañana siguiente se dieron cuenta que sólo habían 4 hombres, 3 mujeres y 5
niños. Por tercera vez volvieron a partir y encontraron una enorme cascada; a
la hora de dormir volvió a ser lo mismo con la mujer, al levantarse sólo
quedaban 1 mujer, 1 hombre y dos niños.
Después de mucho pensar, empezaron a subir la cascada, al
subirla, ya casi llegando a la cima, se cayó uno de los niñitos. Al llegar al
final empezaron a rezar, y de tanto rezar vieron que venía la mujer y empezaron
a correr hasta que ella les dijo:
—Paren, por favor. Ella les explicó todo de una manera
rápida, lo que le pasó y les dio las gracias, por haberla liberado con sus
rezos. Y subió al cielo en paz.
Entonces comenzaron de nuevo su vida los dos juntos y a
esa cascada la llamaron el Salto Ángel.
Sara Mendoza García, 11 años
ATLANTIS
Eran dos hermanos pescadores que vivían en un pequeño
barco llamado "San Antonio". El hermano mayor, Santiago, era un
hombre alto, fuerte, con cabello negro y cejas gruesas, él era una persona muy
amargada y mentiroso; en cambio su hermano Antonio era una persona de mediana
estatura, cabello castaño y ojos color marrón, él era una persona muy alegre y
honesto. Trabajaban en un gran río, que si te descuidas podías llegar a mar
abierto…
Estaba amaneciendo, Santiago y Antonio ya estaban listos
para ir a pescar. Era un día tranquilo, no había mucho ruido. Salieron a
pescar, pasaron horas sin conseguir nada, pero de repente la caña de pescar de
Antonio empieza a moverse y Antonio Dice:
—¡Atrapé uno!
—Te felicito, dijo sarcásticamente Santiago.
Antonio jala la caña de pescar y ve un hermoso pez de
varios colores, se quedó observándolo, y por sorpresa el pez le habló:
—Hola Antonio, soy Felipe y vengo a decirte que esta
noche habrá una gran tormenta, vas a tener que comerme, luego sabrás por qué.
Antonio dijo lo que le indicó el pez, lo cocinó en la
noche y se lo comieron él y su hermano Santiago. Ocurrió la tormenta, y los dos
hermanos estaban en sus habitaciones listos para dormir…
Antonio no lograba dormir, sentía que el barco se movía,
pero no le dio importancia, y al fin pudo dormir.
Era la mañana siguiente, y Santiago se levantó y salió de
su habitación, vio a los alrededores y no había nada más que agua. Santiago
llamó a su hermano:
—¡Antonio!
—¿Qué pasó hermano? —dijo Antonio.
—Como que ¿qué pasó?¿no ves dónde estamos? —dijo furioso
Santiago.
—¡No te preocupes en dónde estamos preocúpate por el
barco que se está hundiendo! —dijo Antonio.
Antonio corrió rápidamente a la cocina a ver qué podía
servir para tapar el agujero, y en los platos sucios de la noche anterior
decía:
Lanzence
al agua, no les pasará nada, es la única forma de salvarse.
—Santiago hay que lanzarnos al agua, es la única forma de
salvarnos —dijo Antonio.
—Estarás loco, yo no me voy a lanzar al agua, ¿y si nos
ahogamos? —dijo Santiago.
—No nos ahogaremos, ya verás —dijo Antonio.
Santiago confió en su hermano, y se lanzaron juntos al
agua, notaron que podían respirar bajo el agua.
Cuando llegaron al fondo vieron a la ciudad perdida de
Atlantis, y Antonio le dijo a Santiago:
—¡Viste!¡Estamos vivos!
Y vivieron felices con muchas otras personas en Atlantis.
Alejandra Briceño, 12 años
Pequeños lectores y escritores 2. El cuento de suspenso
A partir de un guión y algunos objetos que traje como pistas los niños elaboraron un relato de suspenso que llamamos LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE LA SEÑORA GARCÍA. Aquí copio tres versiones que escogí entre los presentados por los niños:
LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE LA SEÑORA GARCÍA
La misteriosa desaparición
de la señora García 1
Hace unas noches, en la mansión de la multimillonaria
señora García, una señora de 72 años, quien dormía tranquilamente en su cuarto,
con su hermosa gata Wendy acompañándola, de repente se escuchó un ruido de una
ventana abriéndose a golpes y el grito de una señora. La señora de servicio
subió corriendo, igual que los dos hijos de la señora García, cuyos nombres
eran: Felip y Eduardo.
Ya en el cuarto Felip, Eduardo y la señora de servicio
vieron una llave rota, que era la llave de la ventana, un calendario, con el
día martes 13 de agosto marcado, y una hoja de papel que decía:
nuestorhazalto es oi, nueztarcaza es henelvarrio delacaye
sinco.
Lo había escrito alguien con una
horrible escritura. Fueron a ver si estaba a salvo la señora García y no
estaba, la gata también había desaparecido, era el colmo de los colmos.
Felip era detective y llegó a una conclusión:
—Se querían robar los lingotes de
oro que tiene mi madre, mi madre no les dijo dónde estaban y la raptaron y ya
que Wendy, la gata, tiene un collar de oro y plata, no les dio tiempo de
quitarle el collar a Wendy, y la raptaron también.
La conclusión de Felip tenía mucha
lógica, pero ni la señora de servicio ni Felip sabían lo que decía el papel,
así que se lo dieron a Eduardo que era profesor de niños y entendía esa letra y
lo que decía era:
Nuestro asalto es hoy y nuestra casa
es
en el barrio de la calle cinco
Al día siguiente Felip y un policía fueron a la casa de
los ladrones, cuando entraron vieron a la señora García y a su gata, pero era
una trampa. A Felip le dieron un golpe en el ojo, pero el policía logró atrapar
a los 3 ladrones, y Felip recuperó a su madre y a Wendy y más nunca les volvió
a robar un ladrón.
Sofía Peralta
La misteriosa desaparición
de la señora García 2
Era una mañana de otoño, una señora desapareció en su
cuarto con su gata llamada Petra, fui a investigarlo. Las únicas pistas que
tengo son una campana rota, una chequera casi vacía con un cheque anulado, una
calculadora en la cama.
En el cuarto de la señora usé polvo de huellas en este
caso. Seguí las huellas de campana con el pedazo roto, vi unos dedos, y en el
suelo encontré pelo de gato.
Pienso en seguir las huellas pero voy a ver las huellas
de la calculadora, reviso los resultados y son los de la chequera y son 245,70.
Me voy a seguir las huellas. Y me llevan a una llave
rota, me digo a mí mismo, todo concuerda, sigo las huellas y encuentro tres
pelos de gato, que me llevan al sótano y encuentro la otra mitad de la llave y
digo ¿cómo está la otra mitad si estaba arriba?
Le pregunto a la señora que fue a despertarla y me dijo:
—Yo llegué y fui al sótano y encontré la llave ahí.
Entonces fui y abrí la puerta y ahí estaba la señora García, en la computadora.
Daniel Alejandro Morales
La misteriosa desaparición
de la señora García 3
En la mañana del 9 de diciembre, eran cerca de las 9 am,
la señora María, fue a levantar a la señora García, una mujer mayor, cerca de
los 70 años, con un cabello castaño, ojos negros. Era una persona muy amable,
tenía 2 hijos, ya mayores; su hija mayor Camilla, que tiene 40 años y su hijo
menor Luis, que tiene 37 años, es viuda, ya que su esposo José murió en un
accidente de tránsito.
La señora María entró a la habitación de la señora
García, abrió la puerta silenciosamente y no la vio en su cama, lo que más le
extrañó fue que la cama estaba tendida, la ventana abierta, y el cuarto
completamente ordenado, todo esto le sorprendió; pero antes de llamar a la
policía, decidió buscarla por toda la casa, gritando "Señora García, ¿se
encuentra aquí? y nadie respondía. No se oía ningún ruido, nadie respondía.
Luego de pasar media hora buscando, decidió llamar a Jason, un detective, gran
amigo de la señora García. Marcó el número y esperó a que contestara.
—Jason Gideon, detective privado ¿quién habla? —dijo
Jason a través del teléfono.
—Hola Gideon, soy yo la señora María.
—¡Hola! María, ¿para qué me llamas? —preguntó.
—He buscado a la señora García por toda la casa y no la
encuentro, tampoco a su gato Misifú —dijo asustada.
—Voy en camino —respondió rápidamente.
—Ok, gracias —colgó la llamada.
Gideon llegó rápidamente, tardó como unos 10 minutos. Se
saludaron y subieron a la habitación de la señora García.
—No he tocado nada, todo está como lo encontré —dijo la
señora María.
Jason entró en la habitación, y empezó a observar la
pequeña mesa de noche, allí encontró varias pistas, mucho pelo de gato, huellas
de gato, un reloj que lo habían detenido justamente a las 8:10 am. Gideon dijo:
—Señora María, ¿usted sabe si la señora García tiene
alguna conexión con el número o la fecha 810?
—No que yo recuerde ahora —señaló María.
Segundos después encontró un calendario de ese año
marcando la fecha del 9 de diciembre, ese mismo día.
Y la señora María dijo: —¡Claro!¡Cómo no lo recordé! Hoy
es el cumpleaños de su hija, y el número de su casa es el 810.
—¿Será que está allí? —dijo Jason.
Rápidamente fueron, tocaron el timbre, y vieron a la
señora García sentada en un sofá con su gato.
Jason y María entraron, y minutos después entró Camilla,
su hija, salieron muchas personas gritando ¡Sorpresa!
Ya todo les quedó claro, estaba organizando una fiesta
sorpresa para su hija.
Alejandra Briceño
miércoles, 14 de agosto de 2013
Pequeños lectores y escritores 1
Este Lunes, 12 de agosto, inicié taller de cuento para pequeños y jóvenes lectores, entre 10 y 15 años en la Casa Arturo Uslar Pietri. En nuestro primer día de taller hicimos un ejercicio con recortes de titulares de prensa. Copio a continuación dos de los cuentos que ellos escribieron:
LA REUNIÓN CON JUAN MANUEL
LA REUNIÓN CON JUAN MANUEL
Había una vez, un muy rico empresario, con 25 años, que
compraba todo lo que veía. Vivía con su mayordomo y su hijo; su esposa lo
abandonó porque no era amable. Él le quitaba el dinero a los pobres y abusaba
de sus "amigos", les hacía hacer trabajos duros y largos y les pagaba
como un centavo. Era una mala persona.
Un día el presidente lo llamó para reunirse. El presumía
que el presidente lo había llamado para venderle el país. El hombre abusador se
llamaba Richarson. Fue a la reunión y el presidente Juan Manuel le dijo:
—Buenos días señor
Richarson.
—Buenos días, señor Presidente.
—Quería verte, tengo problemas con el país y quería
negociarlos contigo.
—Perfecto, dijo Richarson, traje mucho dinero.
—Qué bueno, con eso pagarás el dinero que robaste a los
pobres.
—¡NO! dijo Richarson y se fue.
Una semana después se repitió todo otra vez y otra y otra
y otra hasta que le dio el dinero a los pobres y todos (menos él) vivieron
felices.
Sebastián
EL CABALLO PHELIPS
Hace mucho tiempo, en el pueblo de Meicroft, que era
pequeño, tranquilo y lejano de cualquier parte…Allí vivían seres como trolls,
gigantes, enanos, sirenas, unicornios, etc.
Pero había uno de ellos que nadie lo quería, por no ser
un ser fantástico, era un caballo llamado Phelips. Todos los días se burlaban
de él. Phelips ya harto de esa situación, decide ir a visitar al brujo Walter.
El era un brujo con forma de araña combinado con pez.
Phelips al llegar a la casa del brujo, observa que es una
casa con mucha neblina y muy oscura. Al entrar la puerta chilló y había mucho
polvo. En ese momento el brujo Walter apareció por sorpresa y lo mandó a pasar.
Phelips le contó por qué había ido para allá. El brujo se levantó e hizo una
pócima que lo convertiría en ser mágico, pero el brujo antes de entregarle la
pócima le dijo:
—Recuerda, solo toma una gota por semana, durante dos
meses, puedes correr peligro si te pasas la dosis, puede ser adictiva.
Phelips estaba tan ilusionado que no le prestó atención
al brujo y se tomaba tres gotas por semana. Al pasar los dos meses el caballo
se había convertido en un ser fantástico, mitad hombre mitad caballo, pero él
no había notado que le estaban saliendo lunares rojos. Al año él ya estaba
cubierto de lunares y recordó lo que le había dicho el brujo y se arrepintió de
lo que había hecho.
Andrea Abate
martes, 13 de agosto de 2013
Bravío
Desde pequeña me
habían educado para ser dueña de hacienda, a pesar de toda mi vida haber
crecido en la ciudad. Siempre pensé que todo aquello era innecesario,
seguramente porque de pequeña no me planteaba la posibilidad de que mi abuelo,
el encargado de que funcionara toda la hacienda, fuese a cansarse algún día y
finalmente dejarlo. Para mí, mi abuelo era una especie de hombre invencible: lo
recordaba con su cuerpo fornido y su piel tostada por el sol de la llanura, con
una escopeta a su espalda y con la cena en mano en las tardes de los martes
cuando llegaba de cazar en su hermoso mustang marrón canela.
Lo adoraba a él, adoraba el
campo y adoraba esa tierra, que siempre me hacía sentir bienvenida algunos
largos fines de semana y los meses que estábamos de vacaciones. Hacía ya un par
de años que no regresaba a la hacienda del abuelo y él ya no estaba para poder
administrarla. En un principio, pensaba que era innecesaria esa educación para
llevar las riendas de aquella finca, ya que mi madre la odiaba. Había huido
toda su vida de ella y el hecho de verse de regreso la enfermaba como ninguna
otra cosa que yo conociera. Por otro lado, mi padre sabía lo mucho que yo amaba
la vida en el campo y decía que yo tenía el “carácter adecuado” y que sabría
lidiar con esos hombres que trataran de doblegarme, los no acostumbrados a
mujeres con poder.
Él sabía que el día llegaría. Que el día de hoy estaría camino a la
hacienda, en contra de mamá que insistió en vender. Un freno brusco me hizo
regresar al autobús en que viajaba, para hacerme fijar la mirada afuera de la
ventanilla en un intento de descifrar qué era lo que pasaba. Corrí la cortina
para ver mejor, aunque no fue gran diferencia a como estaba antes. Pegué la
sien a la ventana para tratar de ver más hacia en frente y distinguí un hermoso
y robusto Peruano de Paso color caramelo, en sus dos patas traseras relinchando
de la sorpresa. Tras el alboroto, otros pasajeros tomaron el interés de correr
también sus cortinas. Volví a mirar y esta vez estaba el caballo repuesto en
sus cuatro patas sosteniendo sobre él, un apuesto hombre de pecho desnudo que
parecía disculparse, alzando su sombrero de vaquero al tiempo de que se
inclinaba un poco hacía adelante con una sonrisa en sus labios. Apenas pude
distinguir su tez bronceada, que era de un marrón caoba, como de los que
abundaban en las llanuras. Su cuerpo lucía igual de imponente que el de su
caballo y lo siguiente que pude apreciar antes de que desapareciera a todo
galope, fueron su par de ojos ámbar café que se encontraron con los míos en el
camino.
En el autobús lo único que pude escuchar fue un par de gritos
ahogados que me pareció que venían de unas señoras de edad, diagonales a mi
puesto. Se persignaron para luego decirse en susurro una a la otra con cierta
conmoción: “ha vuelto”. Confundida regresé la vista al otro lado del vidrio,
donde sólo las planicies alfombradas me devolvían la mirada.
II
El cielo se teñía de un naranja en el horizonte, en un purpúreo
crepúsculo que jamás había visto antes. La temperatura era algo inusual y el
ambiente se percibía algo más salvaje. Sentía que había dejado pasar mucho
tiempo desde la última vez. Ya podía divisar la entrada de la hacienda al lomo
del Mustang de mi abuelo y podía sentir como mis latidos se aceleraban conforme
me acercaba a la casa. El capataz lo había dejado para mí en el terminal del
pueblo y me guiaría hasta llegar hasta la casa. Cerré mis ojos y aspiré un olor
intenso a madera, a tierra y cuero. Parecía como si pudiese oler en un solo
segundo, un solo olor, toda la sabana que se extendía bajo mis pies.
Al llegar, para mi sorpresa, nos esperaba en el portal aquel
caballero sobre su fuerte peruano de paso, como aguardando el destino. Bajé
recelosa, sin disposición a ser amable con extraños, como mi abuelo me había
enseñado. Sin desmontar a Fazio fui directo a su encuentro. Pero antes de
alejarme demasiado el capataz me advirtió:
-Señorita, medie bien sus palabras – me dijo Leandro en tono
gutural.
-No tenga cuidado Leandro, sabe usted bien como he sido educada- le
respondí en tono desafiante. Me acerqué con la suficiente distancia e
irguiéndome lo justo para dejar claro mi posición.
-Caballero, ¿qué podría desear usted tan entrada la tarde? Además,
¿no ha escuchado usted que esta hacienda ha estado sin patrón desde hace
algunas semanas?- le dije con menos tacto del que en realidad deseé. Permaneció inmutable ante mi hostilidad.
-Un placer señorita…?- dijo en ademán de pregunta. Permanecí en
silencio. -Soy Bravío y sí, ciertamente he sabido eso y estoy aquí para poner
las cosas en orden- respondió caballerosamente.
-¡Ah! ¿Con que sí, eh?-dije algo sorprendida- Y ¿qué posición juega
aquí usted, que no recuerdo tenerlo en mi lista de empleados?- le respondí en
tono sarcástico.
-Seguramente señorita, es porque yo no soy su empleado, ni de usted
ni de nadie- dijo mordazmente con sus profundos ojos ámbar, del mismo tono de
la piedra que en ese momento se balanceaba entre mis senos. Ese dije me lo
había obsequiado mi abuelo, diciéndome que era su corazón, porque en él, se
guardaba la historia de la finca.
-Pues entonces no le veo el motivo de que esté en mis tierras, así
que debo pedirle que se retire, y le recomiendo que tenga una buena razón si
desea aparecerse por aquí de nuevo- repliqué desafiante.
-Lamentablemente debo decirle que no me iré. Soy dueño de toda la
tierra que ve, hasta el final del horizonte. Cuido de ella y de la gente que
aquí permanece. Debo asegurarme de quienes lo administran lo hagan con juicio y
cordura- me dijo en tono apacible.
-¡Ja! ¿Con que suya, eh? Y disculpe, pero ¿con qué potestad me dice
eso?- contesté algo irritada.
-Con la autoridad que me dan estos mismos campos, la naturaleza.
Ella me pertenece al igual que yo a ella y ambos estaremos vigilándola- dijo para
luego volverse hacia la llanura camino al sol que se oponía en el horizonte,
hasta donde iban sus tierras.
Al tiempo que lo miraba cabalgar velozmente con la boca ligeramente
entreabierta, Leandro se acercó a mí con cara de sostener una carcajada. Desmonté
a Fazio, todavía anonadada por el atrevimiento de aquel hombre y aún sin saber
quién era.
-No se preocupe señorita, si vamos de buena mano, ese hombre nunca
lo tendremos de enemigo- me dijo aun sonriendo –la conozco a usted desde
pequeña y sé que no le gusta que le impongan condiciones ni que le digan que
hacer, pero déjeme decirle de que ese caballero no se deja doblegar. Es mejor
que lo escuche y no le dé mucha importancia al estatus en este lugar porque
estas tierras él las posee.
-A no me diga usted Leandro, que ahora le sirve al equivocado- dije
ya un poco irritada por su cara burlona.
-No patrona, hágale caso a Leandro. A Bravío le apasionan estas tierras y no responde con el que se cree
más dueño de ellas que él- me advirtió Doria que venía acercándose.
-A ver Doria, ¿desde cuándo un hombre viene a amenazarme a mi propia
finca? ¿Por qué mi abuelo nunca me hablo de esto? ¿De él?- dije poniéndome las
manos en las caderas. -Ay mi niña, su abuelo no tenía problema alguno con ese
muchacho, ni con su padre. Son nativos de aquí y viven adentrados en la sabana,
como ojos silenciosos cuidan su tierra. Bravío es casi una leyenda por aquí. No
todos lo han visto y dicen que su madre es la naturaleza misma. Nadie sabe con
certeza donde tiene su tribu, ni siquiera si existe tribu alguna. Irradia una
energía tan fuerte, que dicen que se sabe cuándo no está cerca porque la madera
y sabana pierde su olor, los días son raramente fríos y se cree que su espalda
es el mapa más exacto del campo. Dicen que su caballo no es más que un
espíritu, al igual que él, indomable.
-Lo siento Dorita, esas son tonterías. Esta es mi hacienda y nadie
va a venir a decirme que debo hacer- le respondí bruscamente. –Leandro, atiende
a Fazio y prepáralo que mañana temprano daré una vuelta por toda la hacienda-
le ordené y entré con pasos firmes a casa con la idea de averiguar quién era
ese hombre.
III
Para la hora en que volvía a
caer la tarde, ya faltaba un poco más de un tercio de finca por recorrer, ya
había supervisado los establos y la mayoría de las siembras estaban en orden.
Mi abuelo se había mantenido bastante justo toda su vida con los obreros que
trabajaban para él y seguían siéndoles fieles, a pesar de su desaparición. Me
dispuse a regresar a casa y terminar el resto de las labores al día siguiente,
pero el ambiente estaba más silencioso de lo normal. Pensé dentro de mí que
seguramente el gran Bravío estaría ausente y reí de las ocurrencias de los
campesinos. El camino que esperaba era algo largo y Leandro me había dejado ya
hacía un par de horas por una urgencia que se le había presentado en una de las
caballerizas, asegurándome que no era nada importante.
Cabalgué por la vereda a paso
lento y me pregunté si había sido correcto haberle dejado mi escopeta a
Leandro. Repentinamente se escucharon unos cascos a lo lejos. Pensé en que la
urgencia debió de empeorarse. Me volví hacia dónde provenía el sonido pero esta
vez, parecía que éste resonaba por todos lados. Estaba en un área donde los
arbustos eran altos y más cerrados, así que no podía saber con certeza qué era
exactamente lo que estaba pasando. Al
inicio, supuse que se trataba de una especie de efecto Doppler, pero a medida
que corrían los segundos, se escuchaban cada vez más fuertes y dejaba suponer
que eran varios los galopes y que venían a una velocidad considerable.
Recordé las historias de mi
abuelo de los bandoleros del llano y como él los ahuyentaba de la hacienda con
la ayuda de sus empleados con escopetas y piedras. Recuerdo que decía que
pasaban por los alrededores de la finca generalmente por las noches, pero
siempre había creído que no eran más que historias de las que a veces hacía uso
para dormirme. Me dije que estaba actuando como tonta y que probablemente eran
de mis empleados, pero de todos modos me abalance a todo galope a un espacio
más claro, donde solo algunos higuerones y písamos adornaban los gramales.
Finalmente llegue a un claro, pero ya era muy tarde: al segundo que levanté la mirada, me vi rodeada de unos seis hombres a caballo
que ocultaban sus rostros tras pañoletas rojas.
-¿A qué vienen ustedes, caballeros a mis tierras? No tienen autorización
de permanecer aquí- exclamé con firmeza mientras me erguía en posición
defensiva. De eso recibí fue carcajadas de todos, menos de uno, que se abría
paso entre los demás directo hacía mí. Decidí no retroceder, aunque de haberlo
querido, no habría servido de mucho teniendo a dos tras mío. Bajó su pañoleta y
me dejó ver una sonrisa negra de medio lado tras una barba espesa al tiempo que
una brisa empezó a soplar con fuerza. El bandolero cargaba mi escopeta y el
sombrero de Leandro, y ahí fue cuando empecé a temer.
Casi tan repentinamente como
había empezado la brisa, el ahora familiar olor a madera y a cuero se colaba en
el claro y entre los árboles, un peruano de paso se podía ver al igual que un
par de piedras ámbar que perforaban mi rostro. Él también cargaba una escopeta,
pero esta era el doble de la mía. Ningún bandolero se había percatado hasta que
Bravío lanzo un disparo al aire que resonó
por toda la Sabana y sobresaltó a todos.
El que parecía ser el jefe se
volvió ante el inesperado estruendo. Su expresión era colérica y tomó mi
escopeta en sus manos cuando, inesperadamente, su semblante cambió. Cerró los
ojos, aspiró y su rostro pasó a mostrar un espanto reprimido. Era el olor de
todo el campo en un suspiro. Miró a Bravío con frustración y odio y en menos de
un segundo se le escuchó bramar un decidido ¡vamos!, para que luego todos
huyeran en la misma dirección.
Bajé de mi caballo para
reponerme un poco del susto y se acercó lentamente hacia donde yo me
encontraba. Su cuerpo parecía tan recio como la madera y su piel era como el
crepúsculo. Ninguno de los dos perdió de vista los ojos del otro mientras nos
hacíamos próximos y su olor se hacía cada vez más fuerte.
-Debería tener más precaución al
andar sola por la Sabana, uno no sabe con qué se encuentra- dijo mientras se
sacaba el sombrero. No respondí. –No tiene que decir las gracias, como le dije,
yo cuido de esta tierra y de los que están aquí.
-Es bastante responsabilidad ¿no
cree?- le dije.
-Ciertamente, pero no me
preocupa. No estoy solo- me dijo con una sonrisa y acercó más su rostro, rozó
su mejilla contra la mía y me susurró al oído. –La seguiremos vigilando-.
Tragué saliva y lo miré a los
ojos sin tener nada que decir. Deslizó sus dedos por mi cuello hasta tomar el
colgante de mi abuelo que oscilaba en mi pecho, danzante con mi respiración
entrecortada y desprendió la cadena. No protesté ante aquello.
-El ámbar, duro pero quebradizo.
Como usted. Ámbar Brontë, nieta de Dorian Brontë. Esos bandoleros vienen de vez
en vez y debieron de escuchar que su abuelo ya no andaba por aquí. Lo que no
deben de saber es que la nueva patrona tiene peor carácter- dijo entre risas.
No pude hacer más que fruncir el ceño. Quería quitarle mi collar pero mi cuerpo
no me obedecía.
-Leandro se encuentra bien, debe
venir en camino por usted- dijo mientras se daba la vuelta para montar de nuevo
su flamante caballo color caramelo. –Debe tener más cuidado, aunque no creo que
esos se pasen por aquí en un tiempo.
-No se crea usted tan
invencible- le dije acercándome a él –no bromeo.
-Yo tampoco- dijo tomándome suavemente
de la barbilla desde arriba de su percherón. Lo observé partir de nuevo para
encontrarse con el horizonte, donde no terminaban sus tierras, su espíritu.
Decían que tenía fuerza y pasión, que era indomable. También conquistador.
Ahora era dueño del dije en corazón que representaba la finca, ya que no podía
seguir diciendo que era mía. Al igual que mi propio corazón.
Kayré García
alumna del Taller de Cuento de la Biblioteca Los Palos Grandes
martes, 6 de agosto de 2013
La jaula de metal
Yo nunca había visto a nadie tan feliz como ese
día vi a Quetzalli. No sabía que los ojos de un alado podían brillar tanto.
Tanto, que opacaban hasta el colorido plumaje que se desplegaba al viento y al
sol esa tarde. Y eso, mis queridos lectores, es mucho decir. Nunca verán en la
vida algo más bello que el plumaje de un alado. Hasta las flores más hermosas, las
rosas, los lirios, las dalias, los tulipanes, el girasol y todas las demás
consentidas del Creador, sienten un poco de envidia cuando un alado se posa
cerca.
Pero me estoy adelantando mucho en
los hechos. La Quetzalli que hoy contemplo, no se parece en nada a esa apagada
criatura que habitó durante meses tras los barrotes de la jaula de metal.
Los bosques nubosos en las épocas más frías del
año, pueden resultar lugares muy hostiles para cualquier habitante de la selva.
La espesa niebla, la humedad, las bajas temperaturas y el silencio, empiezan a
abrirse paso entre la maleza, recorriendo cada rincón, surcando los huecos en
la tierra, enroscándose entre los árboles, adueñándose de cada espacio y ser
viviente. Si alzas la mirada, no podrás ver más allá de la copa de los árboles.
La humedad y la niebla, el Rey y la Reina, amos y señores de esta época del
año, se despliegan a sus anchas y recorren raudas las alturas, formando una
capa impenetrable que imposibilita, exitosamente, la entrada de los rayos del
sol. Es por eso que a la llegada de estas fechas, los alados buscan un refugio
más seguro y emprenden vuelo a las tierras del calor, abajo, en las zonas del
sur, donde dicen, brilla más el sol.
Las travesías al sur representan siempre un
riesgo. Cruzar la espesa selva a más de un alado le ha costado la vida. Sin
embargo, el ritual se repite cada año: en una mezcla entre entusiasmo y
resignación, las criaturas emplumadas se reúnen en la copa del árbol más alto,
la momentánea alharaca hace eco en todos los alrededores, las alas de
despliegan, el plumaje se alborota, se agitan las ramas, se alza el vuelo y
desaparecen, dejando atrás nidos y árboles, la bandada de majestuosos
alados.
Y es que no hay otra opción. Aquellos que han
desertado y decidido no viajar al sur, no han vivido para contarlo. Los
compañeros que al retorno del viaje, en las épocas más cálidas del bosque
nuboso, buscan en vano a sus viejos amigos, encuentran en el mejor de los
casos, una que otra pluma, ya olvidada, y único recuerdo de sus antiguos
compañeros. La selva, se encarga de borrar el rastro de cualquier criatura
incauta que en un momento de descuido, no ha escuchado las pisadas de un
jaguar, no ha recordado el camino entre la niebla, no ha encontrado un refugio
contra la humedad y el frío.
A diferencia de las épocas frías, el bosque
nuboso en las épocas cálidas, es un lugar confortable. Cada año los alados se
asientan en los troncos de los árboles, forman sus nidos y se reproducen. El
clima es fresco y agradable, y se puede disfrutar de la luz del sol. Quetzalli vivió
sus primeros días en esta selva, revoloteando de árbol en árbol, jugando entre
las ramas, y de vez en cuando, bajando al río para lavar su brillante plumaje.
Los alados, aunque tenemos piernas como las de los seres humanos, nos gusta más
observar al mundo desde las alturas, y preferimos desplazarnos haciendo uso de
nuestras flamantes alas, que son nuestro máximo orgullo.
Para esos felices días soleados, Quetzalli y yo
ya éramos amigos. Los dos, jóvenes e inexpertos, pasábamos los días
contemplando el verdor de nuestra amada selva, comparando sus verdes y rojas
plumas, con las mías, un poco más azuladas. Disfrutábamos del sol, de la
existencia esplendorosa y radiante que nos rodeaba, y de a momentos, creíamos
ser los seres más afortunados del planeta, en medio de ese paraíso tropical que
era nuestro hogar. Lo cierto es que ninguno de los dos había salido alguna vez
de esa selva. Éramos muy jóvenes aún, recién empezábamos a vivir. A medida que
el tiempo pasaba, escuchábamos a los alados mayores hablar de los cambios
climáticos que se aproximaban, y del viaje al sur que todos debíamos de emprender,
cuando de nuestra querida selva se adueñaran la niebla y el frío.
Cierta tarde, posados en la rama de un árbol y
viendo el sol caer, dejé que mi imaginación volara hacia las tierras del sur. ¿Sería tan soleada como la describían? ¿Era
acaso, más hermosa que nuestra amada selva?
- Ya se acerca la época de frío – Dije,
dirigiéndome hacia Quetzalli – Pronto será la hora de partir al sur,
¿extrañarás la selva? – pregunté.
-El sur… - Quetzalli agitó su cabeza como
tratando de sacar ese pensamiento – Yo solo sé que éste es mi hogar – y
diciendo esto, se levantó y alzó el vuelo hacia otro árbol, dejándome solo con
mis pensamientos.
Pasaron algunos días después de nuestro
encuentro en el árbol sin que viera a Quetzalli. No tenía idea de donde podía
estar y ningún otro alado parecía haberla visto. Por fin, al cuarto día
Quetzalli apareció, se veía feliz, casi triunfante y yo no entendía por qué.
Cuando le pregunté por su misteriosa desaparición y su extraña actitud, ella no
quiso responder. Se limitó a sonreírme, a mirarme casi con algo de nostalgia y
siguió hablando de la selva, de lo bonito que se veían las copas de los árboles
cuando el sol las besaba por las mañanas.
Así pasé los últimos días de la época de calor,
en compañía de una Quetzalli ausente, que parecía estar más en su propio mundo,
soñando, imaginando, y cuando compartía algo conmigo, se limitaba a hablar de
la selva, de lo maravilloso de sus colores, del sonido adormecedor del río en las
noches. Aunque ella no lo decía, presentía que había algo retorciéndose en su
interior, una especie de inquietud, de angustia. Y cuando la miraba a los ojos
tratando de descifrar su mirada, rápidamente volteaba para no dejarse leer los
pensamientos.
Por fin, el anhelado día en el que
emprenderíamos viaje al sur, llegó. Yo ya estaba reunido con los demás alados,
que esperaban la hora de alzar el vuelo. Miré a los árboles a mi derecha y a mi
izquierda, ni un solo rastro de Quetzalli. Ni en el suelo, ni abajo en el
valle, ni tampoco en el río. Supe en ese momento, que había decidido no viajar
el sur y no pude evitar, al momento en que alcé el vuelo con el resto de mis
compañeros, sentir como se destrozaba mi corazón, pues temía, no volver a ver
nunca más a mi amiga.
Tiempo después supe todo lo que realmente
aconteció. Supe lo que ocurrió en los días que desapareció, supe del hallazgo
de la misteriosa jaula, de sus miedos y sus inquietudes.
Los días que siguieron a nuestra charla en la
rama del árbol, Quetzalli se dedicó a pasear por la selva, a explorar los
rincones del que había sido nuestro amado hogar durante tantos meses. Yo no sé
que estaría sintiendo en ese momento, solo sé que el viaje al sur la
incomodaba, la inquietaba de alguna manera que yo no podía entender. Vagaba por
los rincones, volaba de rama en rama, surcaba lo alto del cielo y luego
descendía. Era una especie de frenesí, como si quisiera escapar de algo, algo
que ella misma no podía descifrar.
-¿Por qué tengo que viajar al sur? Esta es mi
casa, no necesito nada más – Se decía, mientras continuaba su errante andar por
la selva – Mira lo verde que están las copas de los árboles, y el sonido del
río al anochecer, ¿qué puedo yo
necesitar del sur? Aquí lo tengo todo -.
Luego volaba a la punta de los árboles, y ya
cuando se acercaba la noche, veía bajar la niebla que descendía desde las
montañas. Entonces se estremecía, era una señal innegable de que el frío estaba
cada vez más cerca y aunque quisiera evitarlo, ella sabía que no podría
sobrevivir a la intemperie, a la humedad y a las bajas temperaturas que se
avecinaban. Ahora que lo recuerdo, en aquella ocasión que la encontré, después
de haber desaparecido por días en la espesa selva, le pregunté ¿qué tenía de malo el sur?, y ella se
limitó a responderme: - No lo sé, no lo conozco.
En ese momento no lo pude entender, pero ahora
todo tiene sentido. Lástima, hubiese podido ayudarla.
Pues bien, el andar errante por la selva llevó
a Quetzalli hasta las ruinas donde antaño, habitaron los humanos. Esas construcciones
imponentes, piramidales y sólidas. Ahora le pertenecían a las enredaderas, a
los musgos y cualquier planta que allí echara sus raíces. Quetzalli nunca había
entrado en esas ruinas, de hecho ninguno de nosotros nos habíamos atrevido a
penetrar en ellas. Por la selva corría el rumor de que en la época en que
habitaban los humanos, esas construcciones fueron testigos de innumerables ritos
y magias, magias que no deben ser invocadas nunca por algún ser viviente. Y
como los alados somos seres sumamente cautelosos, ninguno sintió la necesidad
de comprobar si por allí se paseaba todavía, alguna que otra magia, extraviada
en el tiempo.
Tan fuera de sí estaba Quetzalli, que tratando
de huir de una realidad que se avecinaba, terminó caminando de brazos abiertos
hacía algo desconocido, oscuro, algo que sin duda era mucho peor. Y se adentró
pues en las ruinas, a través de los pasillos y corredores. Recorrió desde las
casas más humildes, hasta llegar al salón más alto de la pirámide, que se
erguía en toda la cima de la gran colina. Y fue allí justamente donde encontró
la jaula. Una jaula de metal, construida con oro brillante, y adornada por
esmeraldas y rubíes. Era de mediano tamaño, y adentro, había un cojín
cuidadosamente bordado, con franjas de todos los colores. Aquella jaula era sin
duda un espectáculo hermoso, tuvo que pertenecer a alguien muy importante, a
alguna reina quizás.
Mientras más observaba la jaula, más deseos
sentía de entrar en ella. Pero antes de dejarse llevar por sus instintos, miró
a su alrededor y vio que pronto anochecería, así que conteniéndose y un poco
decepcionada, decidió marcharse. Se levantó, se volvió hacia la puerta del gran
salón y para su sorpresa no estaba sola. Desde la puerta una criatura la
observaba. Los ojos de Quetzalli no daban crédito a lo que veía. Era una
especie de rata, pero su cabeza era la de una serpiente, para ser más preciso,
la de una cobra. La criatura era escalofriante, y Quetzalli no podía ni moverse.
Tan sólo se limitó a observarla y estudiarla. Lo mismo hizo la criatura con
ella, que después de unos minutos, se dio la media vuelta y antes de marcharse
le dijo:
-El refugio que tanto buscas está
allí, frente a ti. En esta jaula no se pasa ni frío, ni hambre. No entra la
niebla y tampoco la afecta la humedad. Sólo ella decide quién entra y quién
sale. Y ella, te ha escogido a ti, tú puedes entrar. –
¿Cómo
esa criatura sabía que ella estaba buscando un refugio? Estaba pasmada pensando
en lo que acababa de escuchar cuando meditó para sí misma: – La jaula me ha
elegido a mí… Yo puedo entrar… ¿Y salir? – pero cuando quiso preguntarle, ya la
criatura había desaparecido.
Un poco aturdida por todo lo que había pasado,
Quetzalli regresó a los árboles, a los hermosos árboles donde habitábamos.
Tenía miedo por todo lo que había pasado en esa tarde. Todo era tan confuso que
parecía un sueño, no podía entrar en esa jaula, menos después de haber visto a
esa escalofriante criatura. Pero al caer la noche, mientras cerraba los ojos
para conciliar el sueño, llegó hasta sus oídos el murmullo del río, el sonido
del viento cuando roza las ramas y hace caer las hojas, y decidió, que no
quería dejar nunca la selva. El día de la migración, entraría a la jaula.
Lo demás ya pueden ustedes imaginarlo. Mientras
yo alzaba el vuelo teniendo frente a mí el sol, en una de esas bellas tardes
pintadas de rosa y naranja, ella se dirigía a las oscuras ruinas, en lo más
espeso de la selva, para habitar en la jaula que sería su morada durante los
siguientes meses.
Nada más llegar al gran salón en lo alto de la
pirámide, Quetzalli se dirigió hacia la jaula. ¡Se veía tan bonita y
reluciente!, justo como la primera vez que la había visto. Se encontraba ya
frente a ella, cuando la puerta se abrió sola, como dándole la bienvenida e
invitándola a pasar. No lo dudó dos veces y entró Quetzalli en la jaula.
Se acomodó y sintió lo suave que era su cojín.
Se acostó, dio vueltas y hasta brincó en él. Era sin duda el cojín más cómodo
que había probado alguna vez. De repente se percató que no había cerrado la
puerta de la jaula cuando entró, así que extendió sus alas, tomó de los
barrotes pero cuando trató de halarla, la puerta no cedió. Se mantuvo allí
firme, sólida, como si fuese de piedra.
-Bueno – pensó – Ella me abrió la puerta para
que entrara, así que será ella quien la cierre-.
Y como ya caía la noche, se acurrucó en el
cojín, cerró sus ojos y se durmió.
A la mañana siguiente, Quetzalli abrió los ojos
y observó a través de los barrotes y de los ventanales del gran salón, que
abajo en la selva, la niebla ya estaba reclamando las tierras que ahora le pertenecían.
El bosque se veía sombrío, los nubarrones avisaban que pronto llegaría la lluvia,
y el sonido de sus gotas sólo alternaría de vez en cuando con el silencio
sepulcral y desolador que caracterizaba esta fría época del año.
Casi no pudo reconocer a su hermosa selva
vistiendo ese traje negro del que ahora hacía alarde. La recordaba con el sol
que acariciaba a todos los seres vivientes, y con los sonidos alegres de las
aves y el canto de los alados. Viéndola en esas condiciones, hasta extrañaba
escuchar los temibles rugidos del jaguar.
-Lo importante es que estoy en la jaula – se
dijo a sí misma – Aquí pasaré los meses resguardada, pronto mi hermosa selva
volverá a ser como antes, y yo podré volar entre sus ramas, sintiendo el calor
del sol – y como para terminar de convencerse, añadió: - Y lo mejor de todo: no
tuve que viajar al sur.
Transcurrieron algunos días. La jaula era
cálida y proveía de alimentos a Quetzalli, que pasaba las horas cantando viejas
canciones de alados, arreglando su hermoso plumaje y estirando su cuerpo. Como
la jaula era de mediano tamaño, no podía revolotear mucho sin tropezarse con
algún barrote, pero a ella no le molestaba pues se sentía muy cómoda.
Al cabo de unas semanas más, la puerta, que
había permanecido abierta, se cerró bruscamente. Quetzalli inmediatamente se
alarmó. Se acercó a la puerta y la empujo tratando de abrirla, pero esta estaba
dura y firme, como cuando en aquella ocasión había tratado de cerrarla sin
éxito alguno. Poco a poco trató de tranquilizarse diciendo:
-Abajo en la selva, cada vez hace más frío y
llueve con más frecuencia. La jaula, me ha elegido para protegerme, y si se
cerró, es para no permitir que entre ni la humedad ni el frío.- y diciendo
esto, siguió cantando canciones de alados y revoloteando entre los barrotes.
No puedo decir con exactitud cuántos días
pasaron hasta que Quetzalli se percató que, la jaula, poco a poco se había ido
agrandando. Creo que ni ella misma sabría decir cuánto tiempo transcurrió, pero
lo cierto es que ahora era más espaciosa y se podía mover con más comodidad. La
puerta aún no cedía y ella tampoco había hecho el intento de abrirla nuevamente.
Quetzalli, que ahora tenía más espacio para volar y la jaula seguía
proveyéndole alimentos, se sentía repentinamente muy triste y no entendía por
qué. Quizás ahora la jaula era más grande, pero adentro, hacía más frío. Un
frío que no recordaba haber sentido nunca en el interior de ella.
Desde la cima de la pirámide se podía
contemplar la oscuridad aún reinante que envolvía los bosques. Habían pasado
varios meses ya desde nuestra partida al sur, y desde que mi querida amiga se
había confinado tras los barrotes de oro. La vida dentro de la jaula se volvía
cada vez más asfixiante. Había aumentado en tamaño pero también la cantidad de
barrotes se había multiplicado, y cada vez era más reducida la entrada de la
escasa luz que se podía disfrutar en esa época del año. Quetzalli ya no
cantaba, ya no se arreglaba las plumas y aunque tenía suficiente espacio, ya no
revoloteaba. Siempre había tenido una mente inquieta, alegre, y soñadora;
soñaba hasta despierta. Pero ahora, evitaba en la medida de lo posible hasta
tener que pensar. Recordar los colores de las tardes de primavera en la selva,
el murmullo del agua y las piedras del río, el trino de las aves y la cálida
voz de sus compañeros ahora solo le dolía. E irónicamente, se preguntaba ¿Cómo
sería el sur? Quizás, era tan bello que ni la selva en primavera vistiendo sus
mejores flores pudiera compararse al paraíso que se escondía, más allá de las
montañas que rodean nuestros bosques.
Ya de nada servía pensar en ello. Estaba
encerrada en esa jaula, y así seguiría. Eso se repetía día y noche, acostada en
el cojín que una vez fue blando como el algodón, y ahora se parecía más a un
bloque de cemento. No sé si en ese tiempo pensó alguna vez en mí. Yo sí que
pensé en ella, la extrañaba, me pesaba su ausencia y deseaba con todas mis
fuerzas que al regresar, la encontrara viva.
La época de frío llegó a su fin y los alados,
organizados en una gran bandada, volamos de regreso a nuestra selva. Para
decepción mía, no encontré ni un solo rastro de Quetzalli. Visité todos los
lugares que recorríamos cuando por el bosque jugábamos. Ni en la copa de los
árboles, ni en las orillas del río. Ni en el suelo, ni en las cuevas. Ni
siquiera una pluma de ella. Y yo, que siempre he sido un poco pesimista, di por
perdida a mi gran amiga.
Y así pasaron nuevamente los meses. Los felices
meses de la primavera, que llegó a la selva y con ella, toda la alegría, la
bulla y los colores. El sol generoso, repartía su luz a diestra y siniestra y
no había ni un solo ser viviente que no gozara de esa inmensa felicidad.
Excepto uno. Uno que se encontraba en lo alto de la gran pirámide, lejos, en
las antiguas ruinas del hombre.
La jaula tenía ahora un aspecto muy distinto.
Los barrotes se habían multiplicado de manera tal que casi no se podía ver lo
que había el interior. Y era allí justamente donde dormía, una criatura triste,
tácita y sombría que abría los ojos de cuando en cuando, solamente para
volverlos a cerrar y seguir en ese estado de ensueño que se asemejaba más a una
pesadilla. Ni se había percatado de la llegada de la primavera. Quizás sus sentidos
estuvieran fallando, o quizás ya la jaula no permitía que entrase ni siquiera
el más mínimo sonido.
La época cálida estaba llegando ya a su final y
los alados preparábamos el próximo viaje al sur. Fue justamente el día de la
migración cuando un milagro sucedió. Esa mañana volé hasta la copa del árbol
más alto para despedirme del sol y de la selva. El sol, como si quisiera
exhibir su belleza solo para mí, brilló más fuerte que nunca durante algunos
minutos. Me invadió un extraño cosquilleo, y cuando dirigí la mirada hacia la
gran pirámide al fondo de la colina, sentí una punzada en el estómago y a mi
corazón palpitar rápidamente.
El sol había brillado tan poderosamente aquella
mañana que ni siquiera la jaula había sido capaz de detenerlo, y a través de
una de las estrechas rendijas, se coló un rayo de luz que fue a dar sobre
Quetzalli. El calor, sensación que hacía tiempo no experimentaba, hizo que
abriera los ojos de inmediato, para contemplar boquiabierta como el sol
iluminaba directamente sobre su hermoso plumaje. No podía recordar la última
vez que sus plumas verdes y rojas habían desprendido tan hermosos colores en
contacto con la luz. El espectáculo duró algunos minutos, minutos en los que
Quetzalli no apartó sus ojos embelesados del sol y sus plumas. Por fin, el
brillo disminuyó, y la jaula quedó nuevamente a oscuras.
Por un momento dudó, y pensó que todo había
sido un sueño, un delirio fugaz en medio de esa gris pesadilla. Pero una fuerza
aún más poderosa que la misma duda surgió de su interior y la arrastró a través
de la jaula hasta llegar a los barrotes. Observó por la rendija y para su
sorpresa ¡el sol brillaba en el exterior!, los pájaros planeaban entre las copas
de los árboles, el cielo se teñía de naranja. Escuchó también al viento que
agitaba las ramas, y el canto melodioso de los alados. Eufórica, empezó a volar
de un lado a otro, el pecho le iba a estallar de la felicidad. ¿Cuánto tiempo
habría pasado?, ¡ya no importaba!, el sol brillaba, volvería a ver sus amigos,
y esta vez viajaría al sur. ¡No volvería a vivir en la oscuridad nunca más!
La criatura emplumada cantaba y revoloteaba
enloquecida. Y a medida que la emoción y la alegría aumentaban en su corazón,
entraba más y más luz en la jaula. Poco a poco los rayos fueron inundando aquel
lugar, y sus plumas brillaban radiantes otra vez. Cerró los ojos para sentir el
calor del sol besando sus mejillas y cuando los abrió nuevamente, las lágrimas
resbalaban sobre su rostro. Quetzalli era feliz nuevamente.
Esa tarde, cuando nos disponíamos a partir, se
posó ante mí un alado. Era Quetzalli. Pensé que estaba soñando, o que me estaba
volviendo loco, y sin embargo allí permaneció, era real, era ella. Tal y como
la recuerdo, hermosa y colorida. Pero había algo más, había un brillo que
provenía de sus ojos que opacaba hasta el plumaje colorido de su cuerpo. Me
habló de lo emocionada que estaba por viajar al sur, me miró como antes, con
una sonrisa cálida y cariñosa y alzó el vuelo antes que yo, dejándome atónito y
conmocionado. La tarde estaba teñida de rosa y naranja, el viento agitaba los
árboles y atrás dejábamos la selva, que despedía con sus últimos colores primaverales
a la bandada de alados, con el sol brillando en el horizonte y la ilusión de
los cálidos paisajes del sur que nos esperaban tras las altas montañas.
Quetzalli nunca me contó con exactitud lo que
había pasado, creo que a ella no le gustaba hablar de eso. La única vez que le
pregunté se limitó a contestarme:
- El miedo es una jaula de metal. Una jaula que
se oxida rápidamente en la medida en que lo enfrentamos, o que por el
contrario, forja más barrotes cuando en vano tratamos de huir de él - .
Susana Do Carmo
(alumna del taller de cuento de la Biblioteca Los Palos Grandes)
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