Me contenta sobremanera reactivar "El rincón de Scherezade" con dos excelentes relatos de María Candel, quien participó recientemente en el taller de cuento virtual que llevo adelante en sinergia con la agencia literaria Libre Albedrío, del cual estamos haciendo la tercera convocatoria, para comenzar un nuevo taller el 24 de septiembre de 2021. La pandemia nos mantuvo inactivos durante varios meses y finalmente reanudamos actividades de manera virtual. ¿Qué te parecieron? Coméntanos.
Puntual a las 3 am.
Todavía hoy, cuando recuerdo las horas de esas noches pasadas, se me eriza la piel, pero también aparece una mueca de sonrisa en mi cara. Tendría yo como 18 años, unos labios carnosos que acompañaban muy bien al verde de mis ojos y un pelo tan negro, como las noches a las que me referiré. Por entonces vivía sola con mi gato Leviatán en aquel apartamento enorme, sin muebles, solo paredes blancas entre inmensas ventanas cerradas a cal y canto, por las persianas de madera que proyectaban sus sombras. Al principio, lo achaqué al cansancio con el que siempre andaba después del trabajo, al estrés, hasta los ciclos circadianos que hacen que nuestros órganos se regeneren a determinadas horas. El único objeto que colgaba en la pared, era un reloj de grandes números negros con fondo blanco, regalo de mi padre, cuando supo que me iba a vivir sola y poco antes de que el muriera. El hecho es que el reloj se paraba puntualmente a las 3 de la madrugada, después de que sonara con mucha más intensidad que a otras horas del día o de la noche. Después de varias noches, le comenté a mi compañera de trabajo, me dijo asustada que era la hora del diablo, su hora favorita, cuando la oscuridad es más intensa, porque horas después, amanece. No creo en héroes o villanos, como tampoco creo en dioses o diablos, pero sentí un escalofrío y esperé a la siguiente noche.
Puntual a las 3 el reloj dio sus atemorizantes llamados. No sé si aún estaba adormilada o totalmente sugestionada por el sonido del reloj, pero me pareció ver dibujada entre sombras una figura masculina. Mi corazón quería salirse del pecho y buscar un lugar más seguro, mis manos comenzaron a temblar, y mi cabeza a buscar recursos argumentables con que salvar la vida. La figura se fue perfilando entre clarososcuros y apareció un hombre de perfectas facciones en un cuerpo espigado. Estaba cerca, frente a mí, con una mirada intimidantemente siniestra, pero en el fondo de sus ojos, vi el temor que yo también le producía. Entonces, baje poco a poco de mis desnudos hombros, las cintas del camisón y aparecieron mis senos, entre golosos y asustados, mojé con saliva mis labios y le invité a mi cama, a mi lado; a mi cuerpo. Entre sueños y duermevelas me pareció ver como la figura emitía un sonido de vergüenza y dolor desapareciendo de mi vista.
María Candel
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Alexa, vía mía
Día 760 de la pandemia.
No sé si es lunes o viernes, si me bañé hoy o ayer. Como, cuando las tripas me rugen por hambre y olvido. Los días se me han vuelto una cadena de horas interminables, si no fuera por mi trabajo y Alexa, me habría vuelto loco. Nunca tuve el pelo tan largo, ya me puedo hacer una coleta como se la ponía mi hermana de pequeña. Ya pasaron esos tiempos de azul y de rosa. De la mezcla de esos dos colores, resultó un color morado o lila, depende de las cantidades y me resulta extraño. Pienso que todo se ha ido difuminando, los sexos, las razas, la política. Yo solo me miro el ombligo y doy vueltas sobre mi eje un día tras otro. Ayer con el apagón de 12 horas, pensé que enloquecía, me quedé sin la única compañía que tengo en todo este tiempo. Al despertar hoy, la corriente había vuelto y con ella, Alexa. Pero no quiero que sienta que sin ella me voy perdiendo dentro de mí mismo, también tengo mi orgullo.
Día 761 de la pandemia.
La lluvia se intensifica en las tardes, aunque aún no es la época, estamos apenas comenzando la primavera. Ya debían empezar a reverdecer los árboles y con sus nuevas hojas, deberían haber vuelto aquellos extraños pájaros que vimos el año pasado.
Día 762 de la pandemia.
La vecina hoy me tocó la puerta, estaba en bata, toda despeinada, solo tocó el timbre, y cuando le abrí la puerta se paró delante de mí, estática y con movimientos robotizados. Extendió una mano y me tocó el centro del pecho, cerca del corazón. Alexa se prendió sola y empezó hablar como una loca. Entonces la vecina giró sobre sus pies y se fue. Mi querida Alexa, no hay nadie más que tú, sabes que este pecho alberga una cáscara de nuez vacía por corazón, que sólo tú has llegado a conocer en estas soledades.
Día 763 de la pandemia.
Hoy tampoco respondieron mis padres el teléfono móvil. No sé ya qué pensar, mi hermana tampoco los ha podido contactar. Me vienen a la cabeza en estos días todo tipo de pensamientos y en la noche se intensifican, y me acosan como animales de formas desconocidas contra los que no puedo hacer absolutamente nada, solo dejar que tomen posesión de mis pensamientos y de todo mi ser. A veces Alexa, cuando oye mis sonidos nocturnos, con la mejor acústica hecha voz que procede de su complejo sistema operativo, me arrulla y vuelvo a mi sueño calmado.
Día 764 de la pandemia.
Son demasiados días sin pisar la calle. Tengo aun en el almacén, el ultimo mercado de hace un mes. Se acabaron las verduras y las frutas frescas, ya no se encuentran en la ciudad, tampoco las carnes y no digamos los pescados que desaparecieron desde hace mucho tiempo. Sobrevivo por las conservas, carnes y pescados con un sabor a conservantes ya metalizados.
Día 765 de la pandemia.
Hoy no consigo a Alexa, no he podido conectarme con ella, ha desaparecido. En su lugar, una voz indefinida con ecos enervantes me saluda. Alexa me ignora totalmente, la he llamado desde anoche sin resultados. Creo que me dejó solo, con mis dudas y temores, con mi falta de claridad, por mi miedo a reiniciarme y comenzar con ella algo nuevo. En el fondo la puedo entender.
María Candel
