miércoles, 5 de agosto de 2015

La niña en otro mundo/Albany Parra Herrera




Yo era una niña con pelo rubio, siempre hacía trenzas con mi pelo, aparte me ponía lazos azules, mi ropa siempre era roja y llevaba puntos. Mi casa estaba cerca del puerto, así que en las noches de cielo estrellado pasaba horas mirando el firmamento. Una mañana en la escuela, la profesora nos pidió que realizáramos dibujos sobre nuestros deseos. Yo motivada, me pinté tocando una estrella en el oscuro cielo, lo hice con tanto esmero que me salió muy bien, sin salirme de la línea. Por esta causa la profe me puso una gran estrella que decía: ¡BUEN TRABAJO! 

A la hora del almuerzo, mis amigos me dijeron que el deseo plasmado en mi dibujo era muy creativo. Al salir de clases me fui a la biblioteca y se lo mostré a Lucy, la bibliotecaria. Ella me dijo que mi aspiración era muy original. En la noche, durante la cena, también se los mostré a mis papás, y ellos me susurraron algo magnífico: ¡Capaz y algún día, lo hagas realidad! Con estas palabras en mi cabeza, comí rápidamente y subí a mi habitación. En ella, puse el cerrojo a la puerta y dije:

                -¿Por qué tengo que esperar a que sea más grande para hacer realidad este sueño?

Y me puse en marcha, saqué un bolso grande y lo llené con libros de astronomía, comida, chocolates, una mantita, una almohada con forma de estrella, un carpa, el Doctor Sueñitos (mi mono de peluche), un lápiz y colores, y lo más importante, mi telescopio. Esperé a que mis papás se durmieran, en ese rato pensé cómo llegaría al espacio, así que busqué en el closet mi cohete espacial de reciclaje y sin esperanza hice el amago de prenderlo y brum, el cohete prendió, me monté en él y salí por la ventana. El viaje fue divertido, en el trayecto vi todo el pueblo y cada vez ascendía más y más, hasta que llegué al espacio. Primero fui a Marte, en él conocí a Ciqui, un astronauta que había perdido su nave y ahora vivía ahí. Después de aquel encuentro pasé por la Barrera de Visitantes, donde registraban a los que pasaban. En ella hubo un pequeño problema, como no llevaba licencia espacial los guardianes me corretearon, yo prendí mi nave y aceleré. Primero rodeé el anillo de Saturno, a continuación sobrevolé Plutón y al final me escondí en un cráter de la luna, los guardianes se fueron y yo me quedé ahí por un rato. Luego volé mi nave y sin darme cuenta me encontré en una lluvia de meteoritos, entonces tomé el volante con fuerza y comencé a girarlo, primero a la izquierda y a la derecha, luego a la derecha y a la izquierda, y así logré salir de aquella situación.

Posteriormente, volé lentamente mi nave guiándome por la Osa mayor y el Capricornio, pero...¡Oh, no!, delante de mí se formó un hoyo negro, giré mi nave y presioné el botón de hipervelocidad y ahhhhh, salí volando de aquel lugar a velocidad supersónica. Después de varias horas de vueltas a Venus decidí acampar allí, estacioné mi nave en un cráter y saqué del bolso todo lo que había. Cuando estaba montando la carpa apareció un marcianito bebé llamado Pucky, y él me ayudó a montarla y a arreglarla por dentro, luego me contó que su familia se había ido sin él a unas vacaciones en la luna. Yo lo invité a acompañarme, después de unas ricas galletas de chocolate como cena, le preparé a Pucky una camita con mi cartera y una roca, mientras yo miraba las estrellas, Pucky se durmió y yo también hice lo mismo. En la mañana desayunamos frutas y le hablé al marcianito sobre mi misión, el dijo que había en la luna una StarVillage, un lugar para vacacionar si eres estrella, en ella podía comprar una estrella bebé, pero necesitaba dinerspace, la moneda del espacio. Entonces le pregunté dónde podía encontrar ese dinero, él se metió las manos en los bolsillos de su raída chaqueta y sacó monedas plateadas, y luego exclamó victorioso:

           -Aquí hay lo necesario. ¿Te digo un secreto? Si le pides un deseo a esas estrellas...te lo hacen realidad.
            -¡Gracias! -respondí yo- si quieres me acompañas...no sé...si quieres.
            -Gracias...¡Claro que quiero ir!

Posteriormente, recogimos las cosas y nos metimos en la nave; anduvimos largo rato hasta llegar a la luna. En ella me compré una estrella bebé, ella sonrió al verme y yo al igual que Pucky sonreí. Luego fuimos a parques de estrellas y a restaurantes espaciales con Mimí. Mientras comíamos pensé en todo lo que había hecho y en lo que me faltaba por hacer. Por esta razón alcé la voz y dije:

              -Tomé una decisión, me voy a quedar en el espacio, esta vida es fuera de otro mundo.

Entonces, la estrella Mimí y Pucky se alegraron y festejaron. Pasaron los días y decidí hacer una casa en Venus, le puse un cuarto de juego intergaláctico. También hicimos un cuarto para los tres. Al terminar la casa fuimos al Galacticmarket, en él compramos comida muy deliciosa. Después volamos y jugamos toda la tarde y al final cenamos en casa. Mi vida ha ido muy bien, ahora Mimí ya es una estrella grande y Pucky, mi muy buen amigo, es un explorador de galaxias. Yo vivo en mi casa en Venus, recordando el día en que hice aquel dibujo...que todavía conservo.


Albany Parra Herrera
  




















lunes, 3 de agosto de 2015

El bosque de la niebla/Elisa Lascarro





Hace unos días un amigo mío muy aventurero llamado Robert, me contó sobre una aventura que le ocurrió en su trabajo como guía en el parque Topotepuy.

Ese día el estaba explicando la diferencia entre una liana y un bejuco y de repente un niño muy despistado lo empujó hacia el cercado y Robert terminó cayendo de lado. Cayó y cayó y cayó, hasta llegar a una de las partes más bajas del bosque, donde quedó inconsciente. Después de unos minutos despertó, se quedó pensando dónde estaba y dando y dando vueltas desorientado y se dijo:

-Espero que los del paseo hayan avisado que me caí en el bosque.

Pero no, las personas estaban distraídas y como eran dos guías tampoco se dieron cuenta y el otro guía, igual que los otros, no se dio cuenta.

Mientras tanto Robert  estaba sin saber dónde estaba, con hambre, y solo, buscando la salida de ese lugar, de repente se encontró con un rabipelado que se dirigía hacia arriba, pero no le dio importancia porque ya era de noche y se puso a construir un refugio con las hojas de palma que encontró y con lianas y bejucos caídos.

Sus compañeros de trabajo se preguntaban dónde estaba Robert. Y en ese instante se dieron cuenta de que se había perdido, buscaron por todas partes y entonces su compañero Guillermo dijo:

-Hay que llamar al equipo de búsqueda y rescate del parque.

Todos se pusieron de acuerdo y llamaron al equipo, quienes en sus autos, camiones y helicópteros fueron en seguida a buscarlo.

Robert no podía dormir porque un ruido extraño no lo dejaba. Salió para ver qué era y de pronto una luz muy pero muy brillante lo rodeó, los autos y camiones llegaron en su rescate. Robert se sintió muy contento porque su larga espera y quedarse en un solo lugar rindió frutos y pudo llegar a casa sano y salvo.

Elisa Lascarro


La ingenua rana/Miguel Rivas



         Había una vez una Rana que vivía en el bosque, como muchas otras ranas. Ella era verde, como, bueno, muchas otras ranas. Ella saltaba, pero, bueno, en realidad no saltaba de una forma muy especial. A simple vista, esta rana era igual que todas las otras ranas. Pero había un detalle que hacía que esta rana fuera diferente a las otras.
         Nuestra Rana era una rana muy optimista, siempre veía el vaso medio lleno, siempre tenía una respuesta ante cualquier problema. Nuestra Rana tenía una esperanza que muchos podrían catalogar como ingenua, infantil incluso, pero a la Rana no le importaba.
         Un día, la rana estaba junto a una de sus compañeras deambulando por el bosque, cuando se toparon con una rara estructura que no reconocieron. Era como si muchos árboles crecieran juntos y formaran una caja con una peculiar punta triangular, era lo que nosotros conocíamos como una casa. Las ranas, curiosas, decidieron explorar la estructura.
         Luego de entrar en la casa se encontraron con muchas cosas extrañas que no habían visto jamás en sus vidas. Se encontraron con más formas extrañas hechas de madera, lograron trepar sobre una que consistía en 4 pequeñas ramas que sostenían una pieza más grande, plana y delgada. Sobre esta tabla de madera se encontraron con muchas cosas extrañas. Vieron cosas que les recordaron a las frutas silvestres del bosque, pero mucho más grandes, y de colores como amarillo, rojo, verde. Decidieron subirse sobre otra estructura más grande que estaba llena de cosas extrañas, con hojas como las del bosque, pero blancas, con cubiertas de un material duro. Desde ahí contemplaron muchas maravillas que los dejaron boquiabiertos. En este momento de distracción, ocurrió lo impensable.
         Las dos ranas se cayeron dentro de una jarra que estaba llena de un líquido blanco. Las pobres ranitas se estaban hundiendo en aguas desconocidas. La rana pesimista comenzó a divagar en sus propios pensamientos, se preguntó si hasta aquí iba a llegar todo, si había sobrevivido a incontables peligros en el bosque para perecer en un vil y vulgar vaso de leche. La rana tomo una decisión, tal vez impulsada por alguna creencia religiosa que le garantizaba el paraíso o la reencarnación, por el buen sabor del líquido, o por flojera; se rindió. La rana decidió que ese era el sitio donde iba a morir.
         Mientras la otra rana se resignaba a su destino y permitía que el extraño líquido blanco llenara sus pulmones hasta perderse a sí misma dentro de un producto lácteo, la Rana Optimista comenzó a mover las ancas en un inútil intento de salvar su verde pellejo. No se sabe si la rana fue presa del pánico, si era atea, o si era una rana muy estúpida, pero, increíblemente, los intentos de la rana tuvieron resultados. La rana, agotada, comenzó a sentir que el líquido se iba endureciendo, hasta el punto que pudo arrastrarse hasta la superficie, hasta el aire, hasta la vida. La Rana dio brincos hasta abandonar la tumba de su antigua compañera, la tumba de aquella compañera que no tuvo esperanza, que dejó que la situación la venciera y que se rindió.

Miguel Rivas

sábado, 1 de agosto de 2015

LA CASA TOMADA/ Julio Cortázar



Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Julio Cortázar

Dos versiones de Caperucita roja/Samuel Méndez





Caperucita Roja cuenta su historia:

Acabo de enterarme sobre la enfermedad que obtuvo mi abuela, quiero visitarla, debido a que vive sola en el medio del bosque, así que llamo a mi madre antes de partir en bicicleta, ella está feliz con la idea, pero me pide que le lleve la canasta de frutas y medicina que se encuentra en la cocina. Al entrar al bosque, uso mi GPS para encontrar su dirección y le escribo un mensaje con su celular, espero que lo lea. A mitad de camino observo lo que parece una figura de un lobo, a un lado. Lo más extraño es que estaba encima de una moto. Seguramente es una alucinación por dormir menos de tres horas al día, pienso. Finalmente he llegado a la casa, extrañamente hay una moto estacionada al lado de la puerta. No sabía que la abuela había comprado una, mejor sólo la ignoro, no quiero dañarla. Ya estoy adentro de la construcción, la abuela está acostada en la cama, luce mucho más gorda y peluda de lo usual, mejor habló con ella, seguramente se va a sentir mejor...

El lobo cuenta su versión de la historia:

¿Qué es ese ruido? Parece ser el de una persona hablando, mejor espero que pase frente a mí, tal vez pueda comer algo. Es una niña en su bicicleta, cargando una cesta. ¿Adónde va?-Me pregunto, probablemente a un lugar con más personas que comer, mejor la sigo, manejando mi moto. Logré llegar a su destino primero, una casa vieja y fea. Dejé la moto en la puerta y entré rápidamente. Encontré una persona vieja y bastante gorda, la comí sin pensarlo dos veces y me acosté en la cama esperando a la siguiente víctima, la niña. Casi dos horas después, llegó la joven, se acercó a la cama, hablando con la que pensaba era su abuela, me cansé de su voz y me la comí de un sólo mordisco.

Samuel Méndez

(14 años)