viernes, 31 de julio de 2015

Caperucita Roja/Miguel Rivas



Caperucita Roja
I
         Oriana se encontraba en su cuarto, sentada en su computadora. Hablaba con sus amigas sobre la fiesta que iba a haber esa noche, pero Oriana no estaba segura de si iba a ir, porque no todavía no había hablado con su mamá, pero no se preocupaba, ya que rara vez le negaban un permiso.
         Su mamá entró a su cuarto y le dijo que tenía que salir a hacer algunas diligencias y que no volvería hasta la noche, y también le pidió que fuera a la casa de su abuela a entregarle unas medicinas, ya que su mamá no tenía tiempo para ello. Oriana aceptó y comenzó a arreglarse para salir.
         Antes de irse, se metió en internet para ver la dirección de la casa donde iba a ser la fiesta y se dio cuenta de que quedaba en una zona apartada, en las afueras de la ciudad. Oriana, sin saber todavía que iba a hacer, agarró las medicinas y fue rumbo a la casa de su abuela.
         Oriana conocía muy bien la ruta, ya que no era la primera vez que le hacían esa clase de encargos, y muy probablemente no iba a ser la última. A pesar del fuerte sol de mediodía que había, Oriana iba a buen paso a través de la calle. Atravesó la urbanización en la que vivía para luego llegar a la avenida principal. Una vez atravesada la avenida, llegó a la casa donde vivía su abuela.
         La tarde se fue en los quehaceres habituales, primero Oriana acomodó las medicinas de su abuela, ya que ella no podía debido a sus problemas de la vista, mientras escuchaba atentamente a las cosas que le contaba. Luego, se dirigieron a la sala para seguir hablando mientras comían galletas. A eso de las 5 Oriana decidió que era hora de retirarse. Acompañó a su abuela a su cuarto, se despidió de ella y procedió a dirigirse a su casa.
II
         La abuelita se sentó en su cama y prendió su viejo radio. Se sentía muy agradecida por la visita de su nieta porque no solo le llevó las medicinas, sino que le hizo compañía durante la tarde y conversó con ella. Había comenzado uno de sus programas favoritos, pero ni siquiera eso pudo sacarla de sus contemplaciones. –Cambios de rutina como este siempre sientan bien-, pensaba la dulce anciana.
         De repente se volvió hacia la cama y se dio cuenta de que ahí se encontraba el teléfono celular de Oriana. Sin perder el tiempo, agarró el celular y salió de su habitación. Atravesó el pasillo lentamente, hasta llegar a la puerta de entrada. La abrió y vio algo que no distinguió muy bien al principio, pero que luego resultó ser una motocicleta parada en frente de su casa, esperando a que alguien se montara de copiloto. La anciana no podía creer lo que estaba viendo, alguien estaba secuestrando a su nieta. Se dirigió a toda prisa hacia la calle, pidiendo auxilio, mientras la motocicleta se alejaba por el camino, pero no había nadie que la escuchara. Pronto la dulce abuela tuvo que resignarse a entrar a la casa, para llamar a su hija e informarle de lo ocurrido y luego llamar a la policía.
III
         El motorizado sacó su teléfono y llamó.
         -Ya recogí el paquete- Dijo  el motorizado –Te lo voy a llevar en seguida.
         -Ni se te ocurra tardarte tanto como la última vez, inútil.- Le respondió el jefe.
         Así terminó la conversación entre el intimidante motorizado y su jefe. Esta clase de trabajos ya eran habituales para ellos. El simplemente tenía que encargarse de recoger al objetivo y llevarlo hasta el galpón mientras esperan a que se hagan los trámites necesarios.
IV
       A Lucía le partía el corazón ver a su madre llorar con tanta desesperación, pero ella debía mantener la cordura, ella debía ser fuerte. Cuando su madre la llamó para decirle que habían secuestrado a Oriana, su hija, Lucía no pudo contener las lágrimas y lloró en todo el camino hacia la casa de su madre. Antes de bajarse del carro, Lucía se secó las lágrimas y a pesar de la dificultad, recobró la fortaleza. Dios sabe que la iba a necesitar.
         Al entrar por la puerta y escuchar los llantos de su madre, a Lucía se le encogió el corazón. Estuvo a punto de romper en llanto pero se contuvo y se dirigió a consolar a su madre.
         -Ya puse la denuncia, mamá- Dijo Lucía. Su madre asintió con la cabeza pero siguió como antes, inconsolable.
         -Yo lo vi todo y no pude hacer nada al respecto. Todo esto es mi culpa- Dijo la inconsolable anciana. Lucía no encontró nada que decir y simplemente la abrazó.
         -La policía hará todo lo posible para encontrarla, mamá. No te preocupes. Todo saldrá bien. Hoy me quedaré a dormir aquí para hacerte compañía, ya todo se resolverá, lo prometo- Dijo Lucía, pero si incluso a ella le costaba creer esas palabras como iba a ayudar eso a su madre.
V
         Oriana se despertó, sumamente cansada. Debían ser alrededor de las 8 de la mañana y estaba hambrienta. Se levantó de su cama y se dirigió a la cocina. Se encontró con que la casa estaba limpia, como si nadie hubiera pasado por allí desde el día anterior, entonces, extrañada, se dirigió al cuarto de su madre mientras la llamaba a gritos, pero se encontró con que el cuarto estaba vacío y la cama arreglada. ¿Dónde se podría encontrar su madre? Oriana decidió que iba a llamar a su madre, pero no pudo encontrar su teléfono. Se resignó a usar el teléfono de la casa para llamar a su madre mientras se preparaba su desayuno.
         Mientras estaba echando la leche sobre el plato, oyó la voz de su madre, que preguntaba, con cierta impresión, que quien era. Allí Oriana le dijo que fue lo que había pasado. Oriana salió de la casa de su abuela a las 5 de la tarde porque a esa hora había acordado con un amigo que la pasara a recoger. Su amigo, quien era repartidor, estaba haciendo entregas, y le dijo que podía llevarla a la fiesta. Oriana le dijo a su madre que fue a la fiesta y que a eso de las 9 de la noche su amigo la llevó de vuelta a su casa. Oriana encontró que en la casa todas las luces estaban apagadas y decidió que se iría a dormir sin saludar a su mamá, debido a que no quería despertarla.

Miguel Rivas


jueves, 30 de julio de 2015

Tres versiones de Caperucita/ Hesibell Jiménez Infante




Comparto uno de los ejercicios narrativos realizados por los alumnos del Taller ¿Cómo escribir un cuento? en la Casa Arturo Uslar Pietri. El ejercicio consiste en escribir dos ó más versiones del cuento clásico La caperucita roja, desde distintas perspectivas.

Hesibell Jiménez Infante (9 años)


Perspectiva 1 (Caperucita Roja)

Mi mamá me dijo que le llevara unas medicinas y una comida a mi abuela. Mi mamá me metió un GPS, para que cuando se apareciera el lobo lo ignorara. Pasé por un jardín, recogí varias flores para mi abuela, me crucé con el lobo y en vez de ignorarlo, hablé con él un rato. Caminé un rato por el camino amarillo y luego el lobo me siguió poco a poco, pero yo no sabía nada. Llegué a casa de mi abuela y resulta ser que el lobo ya se la había comido.

Perspectiva 2 (El lobo)

Yo soy el lobo, me encanta comerme a los niños. Un día seguí a una niña llamada Caperucita Roja y yo me la quería comer, pero decidí que era mejor comerme a la abuela, porque era más gordita. Fui siguiendo a Caperucita Roja en mi moto e iba escuchando música en mi teléfono. Llegué primero que Caperucita a la casa de la abuela y me puse sus anteojos...

Perspectiva 3 (La abuela)

Yo siempre soy la víctima de la historia, porque siempre estoy distraída en la computadora, escuchando Bowie, pero al final yo gano porque me rescatan.

Hesibell Jiménez


Algunas peculiaridades de los ojos/ Philip K. Dick



                                   Philip K. Dick


Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.

Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.

Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

… sus ojos pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

… sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.

¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

… a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción

revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

… sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.

_¿Qué pasa, querido? _preguntó mi mujer.

No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.

_Nada _respondí, con voz estrangulada.

Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.

Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

… su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.

Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.

Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

… nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.

Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

… temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.

Al cual seguía:

… y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

… carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:

… con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.

No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

… a continuación le dio la mano.

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

… tomó su brazo.

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

… sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.

Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.

Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.


No tengo estómago para esas cosas.


Philip K. Dick

Un árbol de lilas


(Cuento leído en el taller ¿Cómo escribir un cuento? en la Casa Arturo Uslar Pietri, julio 2015)

UNO

Él se sentó a esperar bajo la sombra de un árbol florecido de lilas.

Pasó un señor rico y le preguntó:
-¿Qué hace usted, joven, sentado bajo este árbol, en lugar de trabajar y hacer dinero?
Y el hombre le contestó:
-Espero.

Pasó una mujer hermosa y le preguntó:
-¿Qué hace usted, hombre, sentado bajo este árbol, en lugar de conquistarme?
Y el hombre le contestó:
-Espero.

Pasó un chico y le preguntó:
-¿Qué hace usted, señor, sentado bajo este árbol, en vez de jugar?
Y el hombre le contestó:
-Espero.

Pasó la madre y le preguntó:
-¿Qué haces, hijo mío, sentado bajo este árbol, en vez de ser feliz?
Y el hombre le contestó:
-Espero.

****

DOS

Ella salió de su casa dispuesta a buscar.
Cruzó la calle.
Atravesó la plaza.
Y pasó junto al árbol florecido de lilas.
Miró rápidamente al hombre.
Al árbol.
Pero no se detuvo.
Había salido a buscar.
Y tenía prisa.

Él, con una sonrisa, la vio pasar.
Alejarse.
Hacerse un punto pequeño.
Desaparecer.
Y se quedó mirando el suelo nevado de lilas.

Ella fue por el mundo a buscar.
Por el mundo entero.

En el Norte había un hombre con los ojos de agua.
Ella preguntó:
-¿Sos el que busco?
-No lo creo. Me voy –dijo el hombre con los ojos de agua.
Y se marchó.

En el Este había un hombre con las manos de seda.
Ella preguntó:
-¿Sos el que busco?
-Lo siento. Pero no. –dijo el hombre con las manos de seda.
Y se marchó.

En el Oeste había un hombre con los pies de alas.
Ella preguntó:
-¿Sos el que busco?
-Te esperaba hace tiempo. Ahora no –dijo el hombre con los pies de alas.
Y se marchó.

En el Sur había un hombre con la voz quebrada.
Ella preguntó:
-¿Sos el que busco?
-No. No soy yo –dijo el hombre con la voz quebrada.
Y se marchó.

****

TRES

Ella siguió por el mundo buscando.
Por el mundo entero.
Una tarde, subiendo una cuesta, encontró a una gitana.
La gitana la miró y le dijo:
-El que buscas te espera en el banco de una plaza.

Ella recordó al hombre con los ojos de agua.
Al hombre que tenía las manos de seda.
Al de los pies de alas.
Y al que tenía la voz quebrada.
Y después se acordó de una plaza.
Y de un árbol con las flores lilas.
Y de aquel hombre que, sentado a su sombra, la había visto pasar con una sonrisa.

Dio media vuelta y empezó a caminar sobre sus pasos.
Bajó la cuesta.
Y atravesó el mundo.
El mundo entero.
Llegó a su pueblo.
Cruzó la plaza.
Caminó hasta el árbol florecido de lilas.
Y le preguntó al hombre que estaba sentado a su sombra:
-¿Qué hacés aquí, sentado bajo este árbol?

El hombre que estaba sentado en el banco de la plaza le dijo, con la voz quebrada:

-Te espero.

Después levantó la cabeza.
Y ella vio que tenía los ojos de agua.
Le acarició la cara.
Y ella supo que tenía las manos de seda.
La invitó a volar con él.
Y ella supo que tenía también los pies de alas.



FIN ◠‿◠


María Teresa Andruetto


sábado, 11 de julio de 2015

Vuelve el curso ¿Cómo escribir un cuento?





Del 27 al 31 Julio regresa a la sede de la Casa Arturo Uslar Pietri el curso ¿Cómo escribir un cuento? para jóvenes entre 10 y 16 años, en los que volveremos a explorar la escritura de formas narrativas de una manera amena. La construcción del personaje, los acontecimientos, el contexto del cuento, la voz narrativa, el tiempo de la historia. ¡Inscripciones abiertas! Para mayor información puedes llamar a los teléfonos 7304061 y 7302571 o escribir a casauslarpietri@gmail.com