martes, 13 de agosto de 2013

Bravío



Desde pequeña me habían educado para ser dueña de hacienda, a pesar de toda mi vida haber crecido en la ciudad. Siempre pensé que todo aquello era innecesario, seguramente porque de pequeña no me planteaba la posibilidad de que mi abuelo, el encargado de que funcionara toda la hacienda, fuese a cansarse algún día y finalmente dejarlo. Para mí, mi abuelo era una especie de hombre invencible: lo recordaba con su cuerpo fornido y su piel tostada por el sol de la llanura, con una escopeta a su espalda y con la cena en mano en las tardes de los martes cuando llegaba de cazar en su hermoso mustang marrón canela.
                Lo adoraba a él, adoraba el campo y adoraba esa tierra, que siempre me hacía sentir bienvenida algunos largos fines de semana y los meses que estábamos de vacaciones. Hacía ya un par de años que no regresaba a la hacienda del abuelo y él ya no estaba para poder administrarla. En un principio, pensaba que era innecesaria esa educación para llevar las riendas de aquella finca, ya que mi madre la odiaba. Había huido toda su vida de ella y el hecho de verse de regreso la enfermaba como ninguna otra cosa que yo conociera. Por otro lado, mi padre sabía lo mucho que yo amaba la vida en el campo y decía que yo tenía el “carácter adecuado” y que sabría lidiar con esos hombres que trataran de doblegarme, los no acostumbrados a mujeres con poder.
Él sabía que el día llegaría. Que el día de hoy estaría camino a la hacienda, en contra de mamá que insistió en vender. Un freno brusco me hizo regresar al autobús en que viajaba, para hacerme fijar la mirada afuera de la ventanilla en un intento de descifrar qué era lo que pasaba. Corrí la cortina para ver mejor, aunque no fue gran diferencia a como estaba antes. Pegué la sien a la ventana para tratar de ver más hacia en frente y distinguí un hermoso y robusto Peruano de Paso color caramelo, en sus dos patas traseras relinchando de la sorpresa. Tras el alboroto, otros pasajeros tomaron el interés de correr también sus cortinas. Volví a mirar y esta vez estaba el caballo repuesto en sus cuatro patas sosteniendo sobre él, un apuesto hombre de pecho desnudo que parecía disculparse, alzando su sombrero de vaquero al tiempo de que se inclinaba un poco hacía adelante con una sonrisa en sus labios. Apenas pude distinguir su tez bronceada, que era de un marrón caoba, como de los que abundaban en las llanuras. Su cuerpo lucía igual de imponente que el de su caballo y lo siguiente que pude apreciar antes de que desapareciera a todo galope, fueron su par de ojos ámbar café que se encontraron con los míos en el camino.
En el autobús lo único que pude escuchar fue un par de gritos ahogados que me pareció que venían de unas señoras de edad, diagonales a mi puesto. Se persignaron para luego decirse en susurro una a la otra con cierta conmoción: “ha vuelto”. Confundida regresé la vista al otro lado del vidrio, donde sólo las planicies alfombradas me devolvían la mirada.

II
El cielo se teñía de un naranja en el horizonte, en un purpúreo crepúsculo que jamás había visto antes. La temperatura era algo inusual y el ambiente se percibía algo más salvaje. Sentía que había dejado pasar mucho tiempo desde la última vez. Ya podía divisar la entrada de la hacienda al lomo del Mustang de mi abuelo y podía sentir como mis latidos se aceleraban conforme me acercaba a la casa. El capataz lo había dejado para mí en el terminal del pueblo y me guiaría hasta llegar hasta la casa. Cerré mis ojos y aspiré un olor intenso a madera, a tierra y cuero. Parecía como si pudiese oler en un solo segundo, un solo olor, toda la sabana que se extendía bajo mis pies.
Al llegar, para mi sorpresa, nos esperaba en el portal aquel caballero sobre su fuerte peruano de paso, como aguardando el destino. Bajé recelosa, sin disposición a ser amable con extraños, como mi abuelo me había enseñado. Sin desmontar a Fazio fui directo a su encuentro. Pero antes de alejarme demasiado el capataz me advirtió:
-Señorita, medie bien sus palabras – me dijo Leandro en tono gutural.
-No tenga cuidado Leandro, sabe usted bien como he sido educada- le respondí en tono desafiante. Me acerqué con la suficiente distancia e irguiéndome lo justo para dejar claro mi posición.
-Caballero, ¿qué podría desear usted tan entrada la tarde? Además, ¿no ha escuchado usted que esta hacienda ha estado sin patrón desde hace algunas semanas?- le dije con menos tacto del que en realidad deseé. Permaneció inmutable ante mi hostilidad.
-Un placer señorita…?- dijo en ademán de pregunta. Permanecí en silencio. -Soy Bravío y sí, ciertamente he sabido eso y estoy aquí para poner las cosas en orden- respondió caballerosamente.
-¡Ah! ¿Con que sí, eh?-dije algo sorprendida- Y ¿qué posición juega aquí usted, que no recuerdo tenerlo en mi lista de empleados?- le respondí en tono sarcástico.
-Seguramente señorita, es porque yo no soy su empleado, ni de usted ni de nadie- dijo mordazmente con sus profundos ojos ámbar, del mismo tono de la piedra que en ese momento se balanceaba entre mis senos. Ese dije me lo había obsequiado mi abuelo, diciéndome que era su corazón, porque en él, se guardaba la historia de la finca.
-Pues entonces no le veo el motivo de que esté en mis tierras, así que debo pedirle que se retire, y le recomiendo que tenga una buena razón si desea aparecerse por aquí de nuevo- repliqué desafiante.
-Lamentablemente debo decirle que no me iré. Soy dueño de toda la tierra que ve, hasta el final del horizonte. Cuido de ella y de la gente que aquí permanece. Debo asegurarme de quienes lo administran lo hagan con juicio y cordura- me dijo en tono apacible.
-¡Ja! ¿Con que suya, eh? Y disculpe, pero ¿con qué potestad me dice eso?- contesté algo irritada.
-Con la autoridad que me dan estos mismos campos, la naturaleza. Ella me pertenece al igual que yo a ella y ambos estaremos vigilándola- dijo para luego volverse hacia la llanura camino al sol que se oponía en el horizonte, hasta donde iban sus tierras.
Al tiempo que lo miraba cabalgar velozmente con la boca ligeramente entreabierta, Leandro se acercó a mí con cara de sostener una carcajada. Desmonté a Fazio, todavía anonadada por el atrevimiento de aquel hombre y aún sin saber quién era.
-No se preocupe señorita, si vamos de buena mano, ese hombre nunca lo tendremos de enemigo- me dijo aun sonriendo –la conozco a usted desde pequeña y sé que no le gusta que le impongan condiciones ni que le digan que hacer, pero déjeme decirle de que ese caballero no se deja doblegar. Es mejor que lo escuche y no le dé mucha importancia al estatus en este lugar porque estas tierras él las posee.
-A no me diga usted Leandro, que ahora le sirve al equivocado- dije ya un poco irritada por su cara burlona.
-No patrona, hágale caso a Leandro. A Bravío le apasionan estas tierras y no responde con el que se cree más dueño de ellas que él- me advirtió Doria que venía acercándose.
-A ver Doria, ¿desde cuándo un hombre viene a amenazarme a mi propia finca? ¿Por qué mi abuelo nunca me hablo de esto? ¿De él?- dije poniéndome las manos en las caderas. -Ay mi niña, su abuelo no tenía problema alguno con ese muchacho, ni con su padre. Son nativos de aquí y viven adentrados en la sabana, como ojos silenciosos cuidan su tierra. Bravío es casi una leyenda por aquí. No todos lo han visto y dicen que su madre es la naturaleza misma. Nadie sabe con certeza donde tiene su tribu, ni siquiera si existe tribu alguna. Irradia una energía tan fuerte, que dicen que se sabe cuándo no está cerca porque la madera y sabana pierde su olor, los días son raramente fríos y se cree que su espalda es el mapa más exacto del campo. Dicen que su caballo no es más que un espíritu, al igual que él, indomable.
-Lo siento Dorita, esas son tonterías. Esta es mi hacienda y nadie va a venir a decirme que debo hacer- le respondí bruscamente. –Leandro, atiende a Fazio y prepáralo que mañana temprano daré una vuelta por toda la hacienda- le ordené y entré con pasos firmes a casa con la idea de averiguar quién era ese hombre.

                III
                Para la hora en que volvía a caer la tarde, ya faltaba un poco más de un tercio de finca por recorrer, ya había supervisado los establos y la mayoría de las siembras estaban en orden. Mi abuelo se había mantenido bastante justo toda su vida con los obreros que trabajaban para él y seguían siéndoles fieles, a pesar de su desaparición. Me dispuse a regresar a casa y terminar el resto de las labores al día siguiente, pero el ambiente estaba más silencioso de lo normal. Pensé dentro de mí que seguramente el gran Bravío estaría ausente y reí de las ocurrencias de los campesinos. El camino que esperaba era algo largo y Leandro me había dejado ya hacía un par de horas por una urgencia que se le había presentado en una de las caballerizas, asegurándome que no era nada importante.
                Cabalgué por la vereda a paso lento y me pregunté si había sido correcto haberle dejado mi escopeta a Leandro. Repentinamente se escucharon unos cascos a lo lejos. Pensé en que la urgencia debió de empeorarse. Me volví hacia dónde provenía el sonido pero esta vez, parecía que éste resonaba por todos lados. Estaba en un área donde los arbustos eran altos y más cerrados, así que no podía saber con certeza qué era exactamente lo que estaba pasando.  Al inicio, supuse que se trataba de una especie de efecto Doppler, pero a medida que corrían los segundos, se escuchaban cada vez más fuertes y dejaba suponer que eran varios los galopes y que venían a una velocidad considerable.
                Recordé las historias de mi abuelo de los bandoleros del llano y como él los ahuyentaba de la hacienda con la ayuda de sus empleados con escopetas y piedras. Recuerdo que decía que pasaban por los alrededores de la finca generalmente por las noches, pero siempre había creído que no eran más que historias de las que a veces hacía uso para dormirme. Me dije que estaba actuando como tonta y que probablemente eran de mis empleados, pero de todos modos me abalance a todo galope a un espacio más claro, donde solo algunos higuerones y písamos adornaban los gramales. Finalmente llegue a un claro, pero ya era muy tarde: al segundo que  levanté la mirada,  me vi rodeada de unos seis hombres a caballo que ocultaban sus rostros tras pañoletas rojas.
                -¿A qué vienen ustedes, caballeros a mis tierras? No tienen autorización de permanecer aquí- exclamé con firmeza mientras me erguía en posición defensiva. De eso recibí fue carcajadas de todos, menos de uno, que se abría paso entre los demás directo hacía mí. Decidí no retroceder, aunque de haberlo querido, no habría servido de mucho teniendo a dos tras mío. Bajó su pañoleta y me dejó ver una sonrisa negra de medio lado tras una barba espesa al tiempo que una brisa empezó a soplar con fuerza. El bandolero cargaba mi escopeta y el sombrero de Leandro, y ahí fue cuando empecé a temer.
                Casi tan repentinamente como había empezado la brisa, el ahora familiar olor a madera y a cuero se colaba en el claro y entre los árboles, un peruano de paso se podía ver al igual que un par de piedras ámbar que perforaban mi rostro. Él también cargaba una escopeta, pero esta era el doble de la mía. Ningún bandolero se había percatado hasta que Bravío lanzo un disparo al aire que resonó por toda la Sabana y sobresaltó a todos.
                El que parecía ser el jefe se volvió ante el inesperado estruendo. Su expresión era colérica y tomó mi escopeta en sus manos cuando, inesperadamente, su semblante cambió. Cerró los ojos, aspiró y su rostro pasó a mostrar un espanto reprimido. Era el olor de todo el campo en un suspiro. Miró a Bravío con frustración y odio y en menos de un segundo se le escuchó bramar un decidido ¡vamos!, para que luego todos huyeran en la misma dirección.
                Bajé de mi caballo para reponerme un poco del susto y se acercó lentamente hacia donde yo me encontraba. Su cuerpo parecía tan recio como la madera y su piel era como el crepúsculo. Ninguno de los dos perdió de vista los ojos del otro mientras nos hacíamos próximos y su olor se hacía cada vez más fuerte.
                -Debería tener más precaución al andar sola por la Sabana, uno no sabe con qué se encuentra- dijo mientras se sacaba el sombrero. No respondí. –No tiene que decir las gracias, como le dije, yo cuido de esta tierra y de los que están aquí.
                -Es bastante responsabilidad ¿no cree?- le dije.
                -Ciertamente, pero no me preocupa. No estoy solo- me dijo con una sonrisa y acercó más su rostro, rozó su mejilla contra la mía y me susurró al oído. –La seguiremos vigilando-.
                Tragué saliva y lo miré a los ojos sin tener nada que decir. Deslizó sus dedos por mi cuello hasta tomar el colgante de mi abuelo que oscilaba en mi pecho, danzante con mi respiración entrecortada y desprendió la cadena. No protesté ante aquello.
                -El ámbar, duro pero quebradizo. Como usted. Ámbar Brontë, nieta de Dorian Brontë. Esos bandoleros vienen de vez en vez y debieron de escuchar que su abuelo ya no andaba por aquí. Lo que no deben de saber es que la nueva patrona tiene peor carácter- dijo entre risas. No pude hacer más que fruncir el ceño. Quería quitarle mi collar pero mi cuerpo no me obedecía.
                -Leandro se encuentra bien, debe venir en camino por usted- dijo mientras se daba la vuelta para montar de nuevo su flamante caballo color caramelo. –Debe tener más cuidado, aunque no creo que esos se pasen por aquí en un tiempo.
                -No se crea usted tan invencible- le dije acercándome a él –no bromeo.

                -Yo tampoco- dijo tomándome suavemente de la barbilla desde arriba de su percherón. Lo observé partir de nuevo para encontrarse con el horizonte, donde no terminaban sus tierras, su espíritu. Decían que tenía fuerza y pasión, que era indomable. También conquistador. Ahora era dueño del dije en corazón que representaba la finca, ya que no podía seguir diciendo que era mía. Al igual que mi propio corazón.

Kayré García

alumna del Taller de Cuento de la Biblioteca Los Palos Grandes

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