lunes, 3 de agosto de 2015

La ingenua rana/Miguel Rivas



         Había una vez una Rana que vivía en el bosque, como muchas otras ranas. Ella era verde, como, bueno, muchas otras ranas. Ella saltaba, pero, bueno, en realidad no saltaba de una forma muy especial. A simple vista, esta rana era igual que todas las otras ranas. Pero había un detalle que hacía que esta rana fuera diferente a las otras.
         Nuestra Rana era una rana muy optimista, siempre veía el vaso medio lleno, siempre tenía una respuesta ante cualquier problema. Nuestra Rana tenía una esperanza que muchos podrían catalogar como ingenua, infantil incluso, pero a la Rana no le importaba.
         Un día, la rana estaba junto a una de sus compañeras deambulando por el bosque, cuando se toparon con una rara estructura que no reconocieron. Era como si muchos árboles crecieran juntos y formaran una caja con una peculiar punta triangular, era lo que nosotros conocíamos como una casa. Las ranas, curiosas, decidieron explorar la estructura.
         Luego de entrar en la casa se encontraron con muchas cosas extrañas que no habían visto jamás en sus vidas. Se encontraron con más formas extrañas hechas de madera, lograron trepar sobre una que consistía en 4 pequeñas ramas que sostenían una pieza más grande, plana y delgada. Sobre esta tabla de madera se encontraron con muchas cosas extrañas. Vieron cosas que les recordaron a las frutas silvestres del bosque, pero mucho más grandes, y de colores como amarillo, rojo, verde. Decidieron subirse sobre otra estructura más grande que estaba llena de cosas extrañas, con hojas como las del bosque, pero blancas, con cubiertas de un material duro. Desde ahí contemplaron muchas maravillas que los dejaron boquiabiertos. En este momento de distracción, ocurrió lo impensable.
         Las dos ranas se cayeron dentro de una jarra que estaba llena de un líquido blanco. Las pobres ranitas se estaban hundiendo en aguas desconocidas. La rana pesimista comenzó a divagar en sus propios pensamientos, se preguntó si hasta aquí iba a llegar todo, si había sobrevivido a incontables peligros en el bosque para perecer en un vil y vulgar vaso de leche. La rana tomo una decisión, tal vez impulsada por alguna creencia religiosa que le garantizaba el paraíso o la reencarnación, por el buen sabor del líquido, o por flojera; se rindió. La rana decidió que ese era el sitio donde iba a morir.
         Mientras la otra rana se resignaba a su destino y permitía que el extraño líquido blanco llenara sus pulmones hasta perderse a sí misma dentro de un producto lácteo, la Rana Optimista comenzó a mover las ancas en un inútil intento de salvar su verde pellejo. No se sabe si la rana fue presa del pánico, si era atea, o si era una rana muy estúpida, pero, increíblemente, los intentos de la rana tuvieron resultados. La rana, agotada, comenzó a sentir que el líquido se iba endureciendo, hasta el punto que pudo arrastrarse hasta la superficie, hasta el aire, hasta la vida. La Rana dio brincos hasta abandonar la tumba de su antigua compañera, la tumba de aquella compañera que no tuvo esperanza, que dejó que la situación la venciera y que se rindió.

Miguel Rivas

No hay comentarios:

Publicar un comentario