Hace unos días un amigo mío muy aventurero llamado Robert, me contó sobre una aventura que le ocurrió en su trabajo como guía en el parque Topotepuy.
Ese día el estaba explicando la diferencia entre una liana y un bejuco y de repente un niño muy despistado lo empujó hacia el cercado y Robert terminó cayendo de lado. Cayó y cayó y cayó, hasta llegar a una de las partes más bajas del bosque, donde quedó inconsciente. Después de unos minutos despertó, se quedó pensando dónde estaba y dando y dando vueltas desorientado y se dijo:
-Espero que los del paseo hayan avisado que me caí en el bosque.
Pero no, las personas estaban distraídas y como eran dos guías tampoco se dieron cuenta y el otro guía, igual que los otros, no se dio cuenta.
Mientras tanto Robert estaba sin saber dónde estaba, con hambre, y solo, buscando la salida de ese lugar, de repente se encontró con un rabipelado que se dirigía hacia arriba, pero no le dio importancia porque ya era de noche y se puso a construir un refugio con las hojas de palma que encontró y con lianas y bejucos caídos.
Sus compañeros de trabajo se preguntaban dónde estaba Robert. Y en ese instante se dieron cuenta de que se había perdido, buscaron por todas partes y entonces su compañero Guillermo dijo:
-Hay que llamar al equipo de búsqueda y rescate del parque.
Todos se pusieron de acuerdo y llamaron al equipo, quienes en sus autos, camiones y helicópteros fueron en seguida a buscarlo.
Robert no podía dormir porque un ruido extraño no lo dejaba. Salió para ver qué era y de pronto una luz muy pero muy brillante lo rodeó, los autos y camiones llegaron en su rescate. Robert se sintió muy contento porque su larga espera y quedarse en un solo lugar rindió frutos y pudo llegar a casa sano y salvo.
Elisa Lascarro

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