Caperucita Roja
I
Oriana se encontraba en su cuarto,
sentada en su computadora. Hablaba con sus amigas sobre la fiesta que iba a
haber esa noche, pero Oriana no estaba segura de si iba a ir, porque no todavía
no había hablado con su mamá, pero no se preocupaba, ya que rara vez le negaban
un permiso.
Su mamá entró a su cuarto y le dijo que
tenía que salir a hacer algunas diligencias y que no volvería hasta la noche, y
también le pidió que fuera a la casa de su abuela a entregarle unas medicinas,
ya que su mamá no tenía tiempo para ello. Oriana aceptó y comenzó a arreglarse
para salir.
Antes de irse, se metió en internet
para ver la dirección de la casa donde iba a ser la fiesta y se dio cuenta de
que quedaba en una zona apartada, en las afueras de la ciudad. Oriana, sin
saber todavía que iba a hacer, agarró las medicinas y fue rumbo a la casa de su
abuela.
Oriana conocía muy bien la ruta, ya que
no era la primera vez que le hacían esa clase de encargos, y muy probablemente
no iba a ser la última. A pesar del fuerte sol de mediodía que había, Oriana
iba a buen paso a través de la calle. Atravesó la urbanización en la que vivía
para luego llegar a la avenida principal. Una vez atravesada la avenida, llegó
a la casa donde vivía su abuela.
La tarde se fue en los quehaceres
habituales, primero Oriana acomodó las medicinas de su abuela, ya que ella no
podía debido a sus problemas de la vista, mientras escuchaba atentamente a las
cosas que le contaba. Luego, se dirigieron a la sala para seguir hablando mientras
comían galletas. A eso de las 5 Oriana decidió que era hora de retirarse.
Acompañó a su abuela a su cuarto, se despidió de ella y procedió a dirigirse a
su casa.
II
La abuelita se sentó en su cama y
prendió su viejo radio. Se sentía muy agradecida por la visita de su nieta
porque no solo le llevó las medicinas, sino que le hizo compañía durante la
tarde y conversó con ella. Había comenzado uno de sus programas favoritos, pero
ni siquiera eso pudo sacarla de sus contemplaciones. –Cambios de rutina como este
siempre sientan bien-, pensaba la dulce anciana.
De repente se volvió hacia la cama y se
dio cuenta de que ahí se encontraba el teléfono celular de Oriana. Sin perder
el tiempo, agarró el celular y salió de su habitación. Atravesó el pasillo
lentamente, hasta llegar a la puerta de entrada. La abrió y vio algo que no
distinguió muy bien al principio, pero que luego resultó ser una motocicleta
parada en frente de su casa, esperando a que alguien se montara de copiloto. La
anciana no podía creer lo que estaba viendo, alguien estaba secuestrando a su
nieta. Se dirigió a toda prisa hacia la calle, pidiendo auxilio, mientras la
motocicleta se alejaba por el camino, pero no había nadie que la escuchara.
Pronto la dulce abuela tuvo que resignarse a entrar a la casa, para llamar a su
hija e informarle de lo ocurrido y luego llamar a la policía.
III
El motorizado sacó su teléfono y llamó.
-Ya recogí el paquete- Dijo el motorizado –Te lo voy a llevar en seguida.
-Ni se te ocurra tardarte tanto como la
última vez, inútil.- Le respondió el jefe.
Así terminó la conversación entre el
intimidante motorizado y su jefe. Esta clase de trabajos ya eran habituales
para ellos. El simplemente tenía que encargarse de recoger al objetivo y
llevarlo hasta el galpón mientras esperan a que se hagan los trámites
necesarios.
IV
A
Lucía le partía el corazón ver a su madre llorar con tanta desesperación, pero
ella debía mantener la cordura, ella debía ser fuerte. Cuando su madre la llamó
para decirle que habían secuestrado a Oriana, su hija, Lucía no pudo contener
las lágrimas y lloró en todo el camino hacia la casa de su madre. Antes de
bajarse del carro, Lucía se secó las lágrimas y a pesar de la dificultad,
recobró la fortaleza. Dios sabe que la iba a necesitar.
Al entrar por la puerta y escuchar los
llantos de su madre, a Lucía se le encogió el corazón. Estuvo a punto de romper
en llanto pero se contuvo y se dirigió a consolar a su madre.
-Ya puse la denuncia, mamá- Dijo Lucía.
Su madre asintió con la cabeza pero siguió como antes, inconsolable.
-Yo lo vi todo y no pude hacer nada al
respecto. Todo esto es mi culpa- Dijo la inconsolable anciana. Lucía no
encontró nada que decir y simplemente la abrazó.
-La policía hará todo lo posible para
encontrarla, mamá. No te preocupes. Todo saldrá bien. Hoy me quedaré a dormir
aquí para hacerte compañía, ya todo se resolverá, lo prometo- Dijo Lucía, pero
si incluso a ella le costaba creer esas palabras como iba a ayudar eso a su
madre.
V
Oriana se despertó, sumamente cansada. Debían
ser alrededor de las 8 de la mañana y estaba hambrienta. Se levantó de su cama
y se dirigió a la cocina. Se encontró con que la casa estaba limpia, como si
nadie hubiera pasado por allí desde el día anterior, entonces, extrañada, se
dirigió al cuarto de su madre mientras la llamaba a gritos, pero se encontró
con que el cuarto estaba vacío y la cama arreglada. ¿Dónde se podría encontrar
su madre? Oriana decidió que iba a llamar a su madre, pero no pudo encontrar su
teléfono. Se resignó a usar el teléfono de la casa para llamar a su madre
mientras se preparaba su desayuno.
Mientras estaba echando la leche sobre
el plato, oyó la voz de su madre, que preguntaba, con cierta impresión, que
quien era. Allí Oriana le dijo que fue lo que había pasado. Oriana salió de la
casa de su abuela a las 5 de la tarde porque a esa hora había acordado con un
amigo que la pasara a recoger. Su amigo, quien era repartidor, estaba haciendo
entregas, y le dijo que podía llevarla a la fiesta. Oriana le dijo a su madre
que fue a la fiesta y que a eso de las 9 de la noche su amigo la llevó de
vuelta a su casa. Oriana encontró que en la casa todas las luces estaban
apagadas y decidió que se iría a dormir sin saludar a su mamá, debido a que no
quería despertarla.
Miguel Rivas

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