Cuando su prometido volvió del mar, se casaron. en su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujo en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad.
En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.
Ednodio Quintero
Narrador venezolano (Las Mesitas, Estado Trujillo, 1947). Ingeniero forestal de profesión, desde 1988, año en el que publica La línea de la vida, ha venido publicando varios libros de cuentos y novela. Recientemente publicó la novela El hijo de Kublai Khan, cuya desconcentante perspectiva de narración nos sorprende, narra el hijo aún no nacido de Kublai Khan, como la mayoría de sus textos, que oscilan entre la realidad y el relato fantástico, entre la realidad y el sueño, la fuerza del deseo y su realización.
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