Hacía calor, la noche en que quemamos a Cromo. En los paseos y en las plazas, las mariposas se mataban a golpes contra el neón, pero en la buhardilla de Bobby la única luz salía de la pantalla de un monitor y de los testigos rojo y verde del panel frontal del simulador de matriz. Me sabía de memoria todos y cada uno de los chips del simulador de Bobby; era como cualquier Ono-Sendai VII de trabajo diario, el "Cyberapace Seven", pero lo había reconstruido tantas veces que costaría un triunfo encontrar un milímetro de circuito original a lo largo de todo aquel silicio.
Esperábamos codo a codo frente a la consola del simulador, mirando la ventana del reloj en la esquina inferior izquierda de la pantalla.
-Adelante -dije, cuando llegó la hora, pero Bobby ya estaba allí, inclinándose para empujar con el talón de la mano el programa ruso en la ranura. Lo hizo con la rigurosa elegancia de un niño que mete monedas en una videogalería, seguro de ganar y listo para sacar toda una serie de partidas gratis. Una bullente y plateada marejada de fosfeno atravesó mi campo visual mientras la matriz comenzaba a desplegarse en mi cabeza, un ajedrez tridimensional, infinito y perfectamente transparente. El programa ruso pareció dar unos tumbos cuando entrábamos en la cuadrícula. Si algún otro hubiese estado conectado a aquella parte de la matriz, tal vez habría visto una oscilante ola e sombra que salía de la pequeña pirámide amarilla que representaba a nuestro ordenador. El programa era un arma mimética, diseñada para absorber el color local y presentarse como una irrupción de emergencia prioritaria en cualquier contexto que encontrase.
-Felicitaciones -oí que decía Bobby-. Acabamos de convertirnos en una sonda de inspección de la Autoridad de Fisión del Litoral Este... -Eso significaba que estábamos despejando líneas de fibra óptica con el equivalente cibernético de una sirena de bomberos, pero en la matriz de simulación era como si estuviésemos corriendo directamente hacia la base de datos de Cromo. Aún no alcanzaba a verla, pero sabía que aquellos muros estaban esperando. Muros de sombra, muros de hielo.
Cromo: cara bonita de niña, lisa como acero, con ojos que se habrían sentido cómodos en el fondo de una profunda fosa del Atlántico, ojos fríos y grises que vivían bajo una presión terrible. Decían que ella misma preparaba los cánceres para la gente que la traicionaba, variaciones barrocas a la medida, que tardaban años en matarte. Se decían muchas cosas de Cromo, ninguna de ellas tranquilizadora.
Así que la tapé con una imagen de Rikki. Rikki arrodillada en un haz de polvorienta luz solar que entraba oblicuamente en la buhardilla por una rejilla de acero y vidrio: los descoloridos pantalones militares de camuflaje, las traslúcidas sandalias rosadas, la hermosa línea de la espalda mientras revolvía en un bolso de nailon lleno de herramientas. Levanta la mirada, y un rizo casi rubio cae y le hace cosquillas en la nariz. Sonriendo, abotonándose una vieja camisa de Bobby, un raído caqui de algodón que le cubre los senos. Sonríe.
-Qué hijo de puta -dijo Bobby-. acabamos de decirle a Cromo que somos una auditoría de la IRS y tres citaciones de la Corte Suprema...Agárrate fuerte, Jack...
Hasta la vista, Rikki. Quizá no vuelva a verte nunca más.
Y hay tanta, tanta oscuridad en los pasillos de hielo de Cromo.
Bobby era un vaquero, y el hielo, de ICE, Instrusion Countermeasures Electronics, era la esencia del juego de Bobby. La matriz era una representación abstracta de las relaciones entre sistemas de datos. Los programadores legítimos entran en conexión con el sector de la matriz de sus jefes y se encuentran rodeados por luminosas formas geométricas que representan la información empresarial.
Torres y campos de información ordenados en el incoloro no-espacio de la matriz de simulación, la alucinación consensual que facilita la manipulación y el intercambio de enormes cantidades de datos. Los programadores legítimos nunca ven los muros de hielo tras los que trabajan, los muros de sombra que ocultan sus operaciones a los demás, a los artistas del espionaje industrial y a los buscavidas como Bobby Quine.
Bobby era un vaquero. Bobby era un pirata informático, un ladrón que estudiaba el extendido sistema nervioso electrónico de la humanidad, que robaba datos y cuentas en la abarrotada matriz, el monocromático no-espacio donde las únicas estrellas son densas concentraciones de información, y en lo alto de todo eso arden las galaxias corporativas y los fríos brazos espirales de los sistemas militares.
Bobby era otro de esos rostros maduro-juveniles que se ven bebiendo en el Gentleman Loser, el bar chic de los vaqueros informáticos, los cuatreros, los saqueadores cibernéticos. Éramos socios.
Bobby Quine y Automatic Jack. Bobby es el tipo delgado, pálido, de gafas oscuras, y Jack es el cara-de-malo, el del brazo mioeléctrico. Bobby es software y Jack es hard; Bobby teclea en la consola y Jack se encarga de todos los detalles que pueden darte ventajas. O al menos eso es lo que los testigos presenciales del Gentleman Loser te habrían dicho, antes de que Bobby decidiese quemar a Cromo. Pero también te podrían haber dicho que Bobby estaba perdiendo el filo, perdiendo velocidad. Tenía veintiocho años, Bobby, y eso es ser viejo para un vaquero de consola.
Ambos éramos buenos en lo que hacíamos pero, por alguna razón, no nos caía un buen paquete. Yo sabía donde ir a buscar el equipo adecuado, y Bobby estaba siempre al pie del cañón. Se sentaba con una cinta de toalla blanca alrededor de la frente y movía las manos por el teclado más rápido de lo que uno podía seguir con los ojos; abriéndose paso entre los más sofisticados hielos del ambiente empresarial, pero eso era cuando pasaba algo que conseguía interesarlo a fondo, lo que no ocurría a menudo. No andaba muy motivado, Bobby, y yo era la clase de tipo que se contenta con tener el alquiler cubierto y una camisa limpia que ponerse.
Pero Bobby tenía esa cosa con las chicas, como si fueran su tarot privado o algo así, por el modo como actuaba. Nunca hablábamos de eso, pero cuando empezó a parecer que estaba perdiendo facultades, aquel verano, se dedicó a pasar más tiempo en el Gentleman Loser. Se sentaba a una mesa cerca de las puertas abiertas para observar al gentío que pasaba por delante; noches en las que los insectos se arrojaban contra el neón y el aire olía a perfume y a comida rápida. Veías sus gafas de sol explorando rostros que pasaban, y debió de haber llegado a la conclusión de que Rikki era la que estaba esperando, el comodín, la que le cambiaría la suerte. La nueva.
Fui a Nueva York a inspeccionar el mercado, a ver qué era lo último que había salido en software.
(...)
El castillo de Cromo se disuelve, láminas de sombra de hielo parpadean y desaparecen, devoradas por los sistemas de alteración que salen en espirales del programa ruso, alejándose a tumbos de nuestro ataque central e infectando la propia configuración del hielo. Los sistemas de alteración son análogos virales cibernéticos autorreproductores y voraces. Están en constante y simultánea mutación, subvirtiendo y absorbiendo las defensas de Cromo.
¿Ya la hemos paralizado, o hay una alarma sonando en alguna parte, una luz roja que parpadea?¿Lo sabe ella?
Rikki Wildside, la llamaba Bobby, y durante aquellas primeras semanas a ella le debió parecer que lo tenía todo, todo el espectáculo rebosante desplegado para ella, agudo y brillante bajo el neón. Era nueva en el ambiente, y tenía todos esos kilómetros de paseos y plazas por merodear, todas las tiendas y los clubes, y a Bobby para explicarle el lado oscuro, la engañosa tramoya del reverso de las cosas, todos los jugadores y sus nombres y sus juegos. Bobby la hacia sentirse en casa.
(fin del fragmento)
William Gibson
Gibson (USA, 1948). Es considerado el padre del subgénero de la ciencia-ficción cyberpunk, junto a Philip Dick y John Varley. Su más importante novela Neuromante (1984) ganadora de los premios Hugo y Nébula, los más importantes que se otorgan al género, fue precursora del cyberpunk. Junto con sus continuaciones Conde Cero (1986) y Mona Lisa acelerada (1988) conforman lo que se ha denominado La trilogía de Sprawl (o del ensanche). En la misma línea estética escribió otra trilogía, conocida como Trilogía de Yamazaki (o Trilogía del Puente): Luz virtual (1993), Idoru (1996) y Todas las fiestas del mañana (1999). Su obra publicada más reciente, Mundo espejo (2003), abandona el cyberpunk, pero igualmente retoma el tema tecnológico. En el género cuento, pueden destacarse "Quemando cromo" (1981), de la cual he copiado un fragmento, y "Johnny Mnemonic". Una versión de éste último cuento fue llevada al cine, con Keanu Reeves en el rol protágonico. En Caracas puede encontrarse en DVD. Si tomamos en cuenta la fecha de publicación de su obra, es notable la manera en que su autor prefigura lo que será la Web World Wide y la conexión informática global en una fecha tan temprana como los albores de la década del ochenta. Su lenguaje neotecnológico logra configurar la atmósfera que da veracidad a ese mundo informatizado que entonces sólo era una intuición. Pero igualmente sus textos guardan una deuda con los grandes escritores de la novela negra, y sus versiones cinematográficas, de la década del cuarenta, del siglo XX.
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