viernes, 15 de abril de 2022

Taller de minificción 2022. Maximilian Jecklin

 



Él anhelaba volver a su tierra, al origen. Enfermedad, dolor, tiempo, tristeza, despedida, viaje, ausencia. Ingresar al avión. Sentarlo con dificultad junto a la ventanilla. Apoyar su cabeza junto al grueso cristal. Su aliento humedeciendo una ventana tan pequeña pero tan grande al mismo tiempo, que considera que podría atravesarla. De pronto el hálito desaparece. ¡Un médico! ¿Hay un médico a bordo? Gritaba desesperado el hermano, al tiempo que sacude el inerte cuerpo. Él adelantó su viaje en un avión que debía partir hacia Caracas y que ahora partiría a ningún lado, segundos después el Ávila apareció ante sus cansados ojos. 


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Uno...dos...tres...se lanza en inclemente picada sin detenerse hasta tocar fondo. el mismo salto lo repite una, dos, tres veces, o las necesarias, y así al día siguiente, y el siguiente del siguiente, total, él nunca recuerda haber bebido todas esas botellas de licor. 


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PESO MUERTO


Todas las demás observaban la esbelta figura de su compañera enredarse al final del pulcro madero. Todas miraban el irreprochable lazo tan hermosamente hecho que ella llevaba en el extremo. Todas envidiaban la limpia y tensa rigidez que le producía el oscilante peso muerto. Todas menos ellas se mecían ligeras por el viento, anhelantes de que llegara su turno de ser usadas. Pero ese día sólo hubo un ahorcamiento en la prisión.


YA NADIE CREE EN LOS MILAGROS



Insoportable tráfico, marginalidad, caos. Es la voz de Ciudad de México, nada puede callarla, mucho menos la muerte de un simple fulano. Al llegar al sitio, en respuesta al llamado de la Estación Central, el veterano oficial Jesús Chucho Pérez golpeó varias veces la puerta de un miserable departamento, sin obtener réplica alguna. De pronto, en un pequeño recuadro del marco leyó el nombre Lázaro Contreras; una torcida sonrisa surgió en sus secos labios, hizo un gesto de alerta a su ayudante al tiempo que forzó la cerradura. Al abrirse la puerta, un potente tufo a muerte los envolvió. Sin inmutarse, Chucho Pérez gritó con imperativa voz: "Lázaro, levántate y anda". Luego, tras varios segundos de pasivo y decepcionante silencio susurró para sí mismo: "Maldita sea, en esta puta ciudad ya nadie cree en los milagros". 



Maximilian Jecklin 

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